••Narra Derek••
Con aburrimiento, escuchaba a nuestro jefe de ventas informarnos sobre el incremento de ganancias en el último mes. Estábamos reunidos en la sala de juntas con mis gerentes que manejaban distintas áreas del mercado.
Me entretenía rellenando un libro de sopa de letras que guardaba para estas reuniones. Yo solo asistía por mi obligación como jefe. Todos los registros, datos almacenamiento, problemáticas, posibles soluciones a dichas problemáticas, mejorías; ya lo había leído.
Aunque muchos no lo crean, la pila de papeles que ven junto al escritorio del jefe, si nos tomamos las molestias de revisarlo y no simplemente firmamos sin leer. Al menos, los jefes inteligentes.
―Si vuelvo a escucharte decir: “Y entonces” te arrancaré la lengua. Es la décima vez que lo dices en tres minutos ―advertí.
―Sí, jefe. Una disculpa.
Escuché como más de uno respiró profundo. Y alguien en la sala susurró:
―Hoy está peor que otros días, ¿verdad? Creo que está de mal humor.
―¿Y cuando ese monstruo ha estado de buen humor en su vida? ―susurró otro.
―No es susurro si puedo escucharlos, imbéciles ―gruñí.
Dejé la sopa de letras sobre la mesa y me levanté. Observé a los dos vejestorios que se entretenían hablando de mí. No me sorprendía de ellos, estuvieron trabajando para mi abuelo, y fueron los primeros que se pusieron en mi contra cuando el abuelo decidió heredarme el negocio a mí en lugar de a mi padre. No me aceptaban a pesar que logré expandir el negocio y conseguir la aprobación del público con los nuevos planes de crédito, logré atraer a los jóvenes con el servicio de criptomonedas que yo mismo idee. Nuestras acciones habían triplicado su precio y estamos en el pico más alto en la cadena bancaria.
Pero no, a ellos no les importaba eso. Lo único que les interesaba es que era joven. Si me consideraban un niñato, me comportaría como uno con ellos.
―Juguemos un juego ―Abrí mi billetera y saqué mi tarjeta negra―. Si cae el reverso tú estás despedido y si cae de frente lo estás tú.
―No puedes hacer eso ―Se quejó uno.
―Sí, sí puedo. Acaban de faltarme el respeto, debería despedirlos a los dos. Pero como soy un ser piadoso, solo despediré a uno ―Suspiré con suficiencia―. Sé que el juego original es con monedas, pero yo no uso esas baratijas. Muy bien, preparados, listos…
Mi celular empezó a sonar. Lo saqué del bolsillo. Era mi informante en el trabajo de Erika.
―Dime.
―Señor Fisher, la jefa se volvió loca. Está desquiciada ―susurró el informante. De fondo se escuchaba los gritos femeninos que supongo pertenecían a Katy―. Lleva rato de malhumor, gritándole a quien se le cruce.
Los gritos eran cada vez más fuerte.
―¿Le está gritando a Erika? ―Levanté la voz, sin importarme que los empleados me escucharán.
―No, no, señor. Erika no está aquí.
―¿Qué carajos estás diciendo? Yo mismo la dejé en el edificio.
―Estaba aquí, pero se fue después que la jefa la abofeteara.
¿Abofetear?
Apreté los dientes y endurecí la mandíbula. Sentí que la sangre se calentaba en mis venas.
Los celos que sentía Katy por Erika estaban fuera de control. Prefirió dirigir la empresa de su tío para tener controlada a mi actual esposa. Esa maldita sabía que en la universidad me gustaba Erika porque me escuchó cuando se lo confesé en la azotea de la universalidad. Desde entonces, la ha odiado. Y ni siquiera porque me mantuve alejada de Erika se ha mantenido a raya.
Ya es hora que la ponga en su lugar.
―¿Esa perra se atrevió a levantarle la mano? ―Ignorando a mis empleados, salí de la sala tirando la puerta detrás de mí―. Malnacida, la destruiré. ¿Dónde está Erika?
―No sé. Simplemente se fue.
Colgué.
Erika ha aguantado humillaciones constante, se ha tragado su orgullo y se ha acostumbrado a ser tratada como alguien sin derecho debido al trato que recibía de las personas a su alrededor. Yo, incluido.
Para que decidiera abandonar su puesto de trabajo debió ser algo muy malo.
Llamé a la casa, pero Carla aseguró que Erika no estaba allí.
Solo quedaba un lugar por buscar. Me monté en mi coche y fui al destartalado edificio en el que vivía. No había ascensor, así que subí por las escaleras. Al llegar a su piso, voltee en dirección a la puerta. Ahí estaba Erika, sentada en el piso, su cabeza descansando contra el marco y el cabello cubriéndole el rostro.
Mis pies se movieron por si solos. Me acuclillé a su lado con mi corazón latiendo desbocado. Al verla en ese estado, me perdía a mí mismo. Me molestaba que lo que le sucediera a esta mujer me afectara por dentro.
―Erika ―Le hablé con la esperanza de oír una respuesta cortante de su parte. Le aparté el cabello del rostro. Sus papardas estaban cerrados, su pómulo rojo y tenía una cortada pequeña en el medio.
Se contrajeron mis vías respiratorias. Ella, su imagen, la posición en la que estaba. Todo me asqueaba.
Me asqueaba como la trataban, me asqueaba como ella lo aceptaba, me asqueaba que lo permitiera.
―Erika, responde ―insistí.
Acaricié su rostro con el revés de mi mano, no quería ensuciarla. Su piel ardía. Tenía fiebre.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...