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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 13

••Narra Erika••

Sentía el cuerpo pesado. La oscuridad me llamaba y no quería salir de ella. Pero algo me forzaba a volver; voces, gritos, gruñidos.

Abrí los ojos y estos me ardían. Visualice a Derek sujetando la bata de un doctor. Ambos hombres se fijaron en mí. Los dos tenían algo que decir, pero no les di oportunidad. Volví a caer en la oscuridad.

Las siguientes horas fueron humo. Entraba y salía de la oscuridad. Duraba un par de segundos con los ojos abiertos y de nuevo caía rendida. Era un bucle. Algunas veces, continuaba en la oscuridad, sin abrir los ojos, pero escuchaba las voces.

―¿Por qué sigue desmayándose? ―gritó Derek, la angustia era palpable en su voz.

―Es por el agotamiento. El cuerpo se está recuperando del cansancio y estrés ―respondió otra voz masculina.

―¿Y qué debo hacer?

―Solo necesita descansar. Puede llevar a su esposa a casa para que repose.

Estaban hablando de mí. Las voces se esfumaron de mi mente.

Mis pies estaban húmedos, mi frente también. Pero el resto de mi cuerpo estaba hirviendo. Nuevamente abrí los ojos. Estaba en la cama de Derek, en su habitación. Miré mis alrededores, él no se encontraba en ningún lado.

Mi mano estaba conectada a una intravenosa con un suero que colgaba de la cama. Con dificultad, me quité la aguja de la piel.

―¿Qué carajo, Erika? ―Derek salió del baño, con ojos iracundos―. No puedo ni mear en paz.

Tomó mi mano, pero ya era muy tarde, me había arrancado la vía.

―Joder, Erika.

Sus palabras no me afectaban, no me importaban. Ya no me quedaba energía. Había perdido mi empleo, había fallado en reunir el dinero de los prestamistas, había perdido la opción de casarme por voluntad.

No buscaba mucho en esta vida, solo valerme por mí misma. Y había fallado estrepitosamente.

Derek puso su mano en mi frente. Notaba la diferencia de temperatura entre nosotros.

―Aun tienes fiebre. Debes tomarte esta pastilla.

En la mesita de noche tenía preparado unos medicamentos y un vaso de agua.

Me ofreció el vaso de agua y una cápsula demasiado grande para mí gusto.

―Tómatela ―insistió.

Puso la pastilla en mis labios, mas no abrí la boca. Sentía la fiebre carcomiendo mis huesos, calentando mis venas, helando mis músculos. Y aún así, era incapaz de tragar pastillas.

Aparté el rostro.

―No sé tragar pastillas ―dije sin ánimos. Ni siquiera me causaba vergüenza.

Parpadeó, incrédulo.

―Trágatela ―exigió, sin hacerme caso.

―¡No puedo!

Estuvimos en una lucha continúa donde yo me negaba y él insistía, hasta que acepté.

Ya sé, ya sé. Soy una idiota por no poder tragar pastillas a mi edad, pero era inevitable. Mi mente se desviaba ante la posibilidad de ahogarme y mi garganta se cerraba.

Me llevé la pastilla al principio de mi garganta, bajo la atenta mirada de Derek. La pastilla no pasaba, por más agua que consumía. La pastilla tocó mi campanilla, provocándome arcadas. La escupí sobre la sábana, tosiendo.

Miré a Derek. Esperé ver un gesto de desaprobación como el que me dirigía mi madre. O uno de enfado como mi padre. Pero en cambio me recibió una sonrisa nada propia de él, ausente de maldad y suficiencia. Una sonrisa cargada de diversión y ternura, como si mi falta de capacidad para tragar una pastilla fuera adorable.

―Quien diría que siendo una persona tan orgullosa no seas capaz de tragarte una pastilla ―Había burla en su voz, pero no de la cruel y mordaz que lo caracterizaba.

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