―¿Y cuál es tu plan? ―indague.
―hablemos afuera.
Miré nuestros cuerpos unidos y su brazo en mi cintura.
―Si quieres que salgamos, necesitas soltarme ―dije con obviedad.
―No necesariamente.
Antes de poder preguntarle a qué se refiere, me cargó como a una damisela. Me depositó con cuidado sobre la cama y se sentó a mi lado.
―Nuestro querido amigo hará un viaje a Yemen.
―¿Yemen? ¿Es eso posible?
―Tengo un conocido que me puede hacer el favor de dejarlo lo más lejos posible de la frontera.
Nunca se me hubiera ocurrido. Mucho menos porque no estoy al tanto de los contactos e influencias de Derek. ¿Llega hasta allá?
―Pero, ¿por qué lo mandarás a ese lugar?
―¿Qué quieres, que lo mande de visita a los Alpes suizos? ¿Tal vez, Italia?
Una sonrisa burlona acompañó mis labios.
―Sabes que no quise decir eso.
―No puede permanecer aquí. Tampoco podemos matarlo. La mejor opción es mandarlo lo más lejos posible. En Yemen será difícil vivir si no conoces el idioma, si no tienes contacto y dinero. Lo cual no tendrá, porque lo dejaré a la deriva. Y tampoco podrá salir del país, porque al ser zona de guerra está restringido ―Sus ojos estaban fijos en mí. En sus perlas grisáceas no noté ningún sentimiento reflejado.
―¿Eso no sería igual a matarlo?
―Sobrevivirá si es lo suficientemente ingenioso y mantiene sus ganas de seguir con vida. Y al parecer, esa rata es muy resistente. Cualquier otro hubiese muerto hace días ―No sabía si su voz contenía decepción, enfado o admiración.
―Y, ¿cuando se lo van a llevar? ―indagué.
―Hoy, antes del amanecer.
―Serás libre. Te dejaremos en libertad ―Omití el pequeño detalle de que sería fuera de este país y en circunstancias difíciles.
―Gracias ―Lloró―. Muchas gracias.
El hombre que me humilló repetidas veces, que me insultó e intentó abusar de mí; estaba frente a mis ojos, llorando y dándome las gracias.
Agarré una silla y me senté frente a el.
―Quiero que me mires a los ojos. Quiero que recuerdes bien mi cara ―Hablé, conteniendo la rabia que se alojaba en lo más profundo de mi garganta―. Cada vez que respires, recuerda que es gracias a mí. Cada vez que comas, antes de dormir, al levantarte, recuerda que es por mí. Quiero que vivas con la imagen de la mujer que humillaste, de la mujer que rompiste y quisiste dejar marcada de por vida. Pero no ganaste. No seré yo la que vea tu rostro antes de dormir, serás tú quien vea el mío.
Respiré hondo, librándome de un gran peso que hundía mis hombros.
―No fue un placer conocerte, Señor... No, Martín, solo Martín. Pero será un placer despedirme de ti y no volver a verte en la vida real, ni en mis pesadillas. Adiós.
Salí del sótano, sintiendo que mi corazón iba a dar un vuelco. Cerré los ojos y me permití respirar el aire fresco.
―Estaré bien. Ya no tengo nada que temer ―Me dije a mí misma.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...