La noche fue pesada. Estuve moviéndome de lado a lado. La fiebre iba disminuyendo, pero mis ojos ardían. Cuando sentía que me estaba quedando dormida, la mano de Derek iba a mi frente y cuello, evaluando mi temperatura.
Lo miraba desde su lado de la cama, como estiraba su mano y me observaba adormilado.
El día siguiente fue vacío, aburrido. Estuve todo el día en la cama, solo me levantaba para ir al baño. Derek no fue a trabajar, estuvo entrando y saliendo de la habitación constantemente. A veces, cuando él pensaba que estaba dormida, se sentaba a mi lado y acariciaba mi rostro, me revisaba el pulso y me arropaba.
Tuvimos una que otra pelea tras su insistencia para que comiera. Pensé que me metería la comida en la garganta, mas solo maldijo y se fue.
Sé que me estaba matando de hambre, pero lo veía más como una salida en lugar de una penitencia. Me había quedado sin empleo, no podía pagar las cuotas de los dos meses, estaba destinada a prostituirme, a vender mi cuerpo, mi dignidad, a ser utilizada como si fuera menos que un ser humano.
Prefería morirme de hambre.
En un punto, me dormí.
Al despertarme, había un hombre desconocido sentado en la cama, a mí lado. Su mano estaba envuelta en mi muñeca.
Grité, sentándome en la cama y retrocediendo hasta pegar mi espalda a la pared. El miedo incrustados en mis ojos.
Imaginé que era uno de los hombres de Martin, en busca que pagara la deuda de la peor forma posible.
Derek entró en mi panorama, la confusión escrita en su rostro. Se montó en la cama desde el otro lado, tomando mi muñeca.
―Es el doctor, Erika. Vino a ponerte una intravenosa con vitaminas ―Su tono era severo y distante. Pese a su gentil gesto, actuaba como si no le importara que muriera―. Si por mí fuera, te hubiera obligado a usar una sonda para que te alimentara, pero el cobarde del doctor no se atreve.
Efectivamente, tenía una intravenosa en la mano. Derek analizaba mi rostro, como si pudiera desenterrar mis miedos y pensamientos.
Me calmé y volví a mi perezosa posición.
―La fiebre ha disminuido y la herida en su rostro está cicatrizando como es debido. No quedará marca, no se preocupe ―Sentenció el doctor, cerrando un maletín―. Una vez que el suero se haya terminado, debe cerrar el gotero y quitarle la intravenosa. Y por favor, que coma y duerma.
―Muchas gracias, doctor.
Se estrecharon la mano y el doctor se marchó.
Era la primera vez que veía a un doctor ir a la casa del paciente para atenderlo. Privilegios de gente con dinero.
A solas con Derek, me veía de arriba abajo. Quitó la sábana que cubría mi cuerpo , exhibiendo mi camisón.
La alerta roja se prendió en mi cerebro. Quise cubrirme para alejar las intenciones maliciosas de Derek, pero no me dejó reaccionar. Tomó uno de mis tobillos y lo subió, para a continuación, dejarlo caer sobre la cama. Efectuó la misma acción con la otra pierna.
Negó con la cabeza.
―Estás en los huesos ―concluyó.
La vergüenza se abrió paso dentro de mí. Por más que detestara a ese hombre, me molestaba que pensara de esa forma sobre mi cuerpo, que lo encontrara poco atractivo.
Sus manos fueron a mis costillas, estrujándola y confirmando nuevamente sus palabras. Me produjo cosquillas. Se detuvo cuando me escuchó carcajearme. Por un segundo, se quedó atónito, como si jamás se hubiera esperado oír mi risa en esta vida.
A regañadientes, me levanté y acicalé. Debía admitir que me sentía diferente con mis dientes y cuerpo limpio. En la cama me esperaba un vestido formal hasta la rodilla, de color rojo sangre. Derek asintió con la cabeza cuando me vio enrollada en la toalla.
―Vístete. Salimos en veinte minutos ―dijo con frialdad y apuro.
Me pasó por el lado, su perfume penetró mi nariz. Me vestí y peiné. Tenía curiosidad por el lugar adonde iríamos, lo que haríamos. Él no parecía estar en su mejor humor.
Él estaba vestido con un traje negro noche que resaltaba su físico y altura, era de primera calidad. Su cuello lucia una corbata del mismo color que mi vestido.
―Vámonos ―declaró.
Me tomó de la mano y tiró con facilidad de mí. Hasta yo podía notar lo frágil que estaba mi cuerpo, por la fiebre y la falta de alimento.
Después de unos pocos minutos en carro, nos detuvimos frente al edificio donde yo trabajaba.
Voltee a verlo.
―Derek, ¿qué estás pensando?
Su mirada era feroz, irradiaba sangre.
―Si no pueden respetarte, haremos que te teman. Eres mi esposa; eres Erika Fisher. Nadie puede faltarte el respeto y salirse con la suya. Hoy se arrodillarán ante ti y pedirán perdón, recuerda eso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...