Las palabras me salieron tan casuales, que recibí la atención de ambas partes. Temí haber dicho algo equivocado o haber sonado demasiado prepotente, pero no era culpa mía, es que me estaba juntando mucho con Derek.
Carraspee y me concentré en mi plato vacío, fingiendo que las miradas no me incomodaban. Me mordí el labio, jugando con el tenedor.
Una risa franca se escapó de la garganta del señor Horacio. Dio unos golpecitos a la mesa, demostrando su entusiasmo. Miré a Derek, que se mantuvo serio. Al verme, me guiñó el ojo.
Me sonrojé, porque él jamás me había guiñado un ojo. Le tenía que pedir que lo hiciera más seguido.
―Eso es algo que diría una verdadera Fisher ―expresó el abuelo, señalando en mi dirección con su dedo tembloroso―. Tienes razón, hija. Somos Fisher, podemos hacer la celebración cuando queramos y muy afortunados serán si los invitamos.
Sonreí con emoción. Sentí el aire transitar tranquilamente por mis pulmones.
«Me gané al viejo».
Trajeron el siguiente platillo y esta vez esperé para ver cómo lo hacían Derek y su abuelo.
Hasta los momentos, ha sido el abuelo quien me saca la conversación y yo le respondo, necesitaba mostrar iniciativa, demostrarle que puedo guiar una cena y mantener entretenidos a los presentes.
―Y dígame, señor Horacio...
―Abuelo ―dijo el señor Horacio, interrumpiendo mi pregunta.
―¿Disculpe? ―pregunté, confundida.
―Dime: abuelo. Desde que te casaste con mi nieto, te has convertido en la nieta de esta familia. Y como tal, te puedo asegurar, que velaré y te protegeré como si fueras mi sangre ―Había determinación en su mirada.
Sentía que algo caliente se derramaba en mi pecho. Algo cálido y reconfortante.
―Gracias, abuelo ―dije con suavidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...