―Estamos perdiendo nuestro tiempo ―Se quejó la mujer―. No creo que hayan salido del edificio. Deben estar ocultos en otra parte.
―No debería ser. El protocolo de recursos humanos es quedarse en el sitio e informar a las autoridades lo que pasa.
Esta persona… sabía demasiado. ¿Cuánto tiempo habrán estudiado este banco?
―¡Maldita sea! No voy a seguir discutiendo contigo ―Unos pasos cargados de furia se alejaron de la oficina.
El hombre resopló y avanzó a la salida con más calma.
Sentía como mis pulmones volvían a funcionar con normalidad. Me llevé las manos al pecho, sintiendo los latidos en la palma de mi mano.
Un celular comenzó a sonar con un ritmo pegajoso.
Abrí los ojos de par en par.
El hombre se detuvo.
Fueron unos segundos largos donde lo único que se escuchaba era el sonido del celular. Y de pronto, hasta eso dejó de sonar. Pero era muy tarde para apagarlo.
La risa masculina inundó la oficina. Todos sabíamos lo que pasaría, todos sabíamos lo inevitable. Y aún así, nadie se movió, nadie corrió, nadie hizo ruido.
Una silla fue arrojada al suelo, seguido de un sonido estrangulado. Asomé la cabeza un poco y pude ver al hombre enmascarado, tomando del cuello a Dakota mientras le apuntaba con un arma.
―Erika Fisher, ¿dónde está? ―gruñó el hombre
Dakota guardó silencio, pero su silencio no era voluntario. Ella era muda.
Ella no podía hablar y ellos no lo sabían. Pensarían que está siendo rebelde y le dispararían por no responder. Ella ni siquiera tiene la opción de responder y salvar su vida. La matarían por mi culpa.
―¡Erika, sé que estás aquí! ―gritó el hombre, la diversión bailaba en su voz―. ¡Si no sales en tres segundos, le volaré los sesos a tu compañera!
La bilis me subió a la garganta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...