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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 167

―¡No puedo permitir que se la lleven! ―Mi supervisora salió de su escondite.

Apenas podía ver su silueta en la oscuridad.

El ladrón cambió de objetivo y le apuntó con el arma al tiempo que me pasaba el brazo alrededor del cuello. Sentí como ejercía una leve presión. Mis manos fueron a su extremidad, le enterré las uñas y no pareció surtir efecto.

Tuve el instinto primitivo de pisarlo y revolverme como loca hasta que me soltara, pero temía que se le escapara un tiro. Escuché las sillas moverse y varias siluetas se revelaron. Mis compañeros se mostraron, imponentes.

Estaban dando la cara por mí, se estaban arriesgando para protegerme.

El hombre retrocedió y me vi arrastrada por él. Su arma recorrió a todos los presentes, sin saber muy bien a cual de todos apuntar. Estaba en desventaja, era mucha gente dispuesta a luchar y muy poca luz.

―¡Atrás o le disparó! ―gritó.

Sentí el metal frío posarse en mi sien. Una gota de sudor resbalaba por mi frente.

―Si le disparas, te atacaremos. No podrás dispararles a todos antes que lleguemos a ti ―Amenazó uno de mis compañeros y creo que se movió un poco bajo la oscuridad. Era una advertencia.

Afincó aún más el arma en mi sien. A este paso me lo iba a perforar en la piel. El brazo con el que me tenía inmovilizada, estaba temblando. Traté de meter aún más mis dedos para alejarlo de mi cuello y lo que conseguí fue que presionara más.

―No están defendiendo a una mosquita muerta. Esta mujer es la esposa de Derek Fisher, les ha estado mintiendo a todos ustedes ―dijo el hombre con la voz cargada de odio―. Esta mujer se pudre en plata mientras finge ser una asalariada. Todos tenemos el mismo objetivo, salir adelante. Solo queremos un poco de lo que a ellos le sobra.

A este paso iba a morir de asfixia. No podía ni sentir vergüenza gracias a la falta de aire.

―No me importa si tiene otra identidad. No me importa su apellido ―habló mi jefa con convicción―. Yo estoy a cargo de ella y no tiene que sufrir por algo tan banal como el dinero.

―Oh, que bello. Deberías hacer una camiseta con esa frase ―El desalmado se rio con ganas―. Te compraré una cuando me lleve una buena tajada de billetes.

―¡No te dejaremos! ―gritó una compañera.

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