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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 20

Me sentía incómoda en medio de aquella sala, rodeada de personas que se debatían entre menospreciarme o fingir ser mis amigos.

Los miembros se limitaron a mirarme y cuchichear lo suficientemente bajo para que yo no escuchara, al menos. Ahora que Derek no estaba a mí lado, no se tomaban la molestia en acercarse hablar.

Con pasos vacilantes, salí del lugar y recorrí el primer piso de la mansión. La vista era espléndida. Se podía ver los cabellos galopando en la parte trasera del jardín. En otra área, estaban jugando croquet. Y a lo lejos, estaban jugando al golf. Nunca había visto un terrero tan grande siendo poseído por una única persona. Este lugar estaba repleto de pasatiempos y entretenimiento para mantener contentos a la élite de la élite.

¿Cuánto costará la mensualidad en este lugar?

Los minutos pasaban y me impacientaba. Subí al segundo piso, en busca de Derek. A diferencia del primer piso, este lugar estaba desierto y las habitaciones cerradas. Un camarero salió de una de las habitaciones para a continuación pasar una tarjeta, cerrándola con seguro.

¿Por qué tanta prohibición?

―Disculpe, ¿para que usan estás habitaciones? ―Le pregunté al empleado que empujaba un carrito de alimento.

―Son habitaciones reservadas.

Fruncí el ceño.

―¿Y qué hay ahí adentro? ¿Qué es lo que hacen?

Mi mente se estaba imaginando cosas que tal vez no debería. Las mejillas se me tiñeron de rojo y el empleado lo notó.

―Las suelen utilizar para tener privacidad, para tratar temas de negocios a puerta cerrada o simplemente emborracharse sin estar expuestos al ojo público. La habitación contiene butacas, mesas, mini bar, servicio a la habitación, música y están insonorizadas.

Mi curiosidad era grande. Había visto muchas películas y esa clase de lugares siempre lo usaban para tener sexo y consumir drogas.

―Y este lugar no lo usan para… Ya sabe… ―Le hice gestos con las manos―. Esa clase de cosas.

―Bueno, no deberían pero algunos no hacen caso a las reglas ―habló con pena.

―Ya veo.

Asentí lentamente con la cabeza. El joven se iba a retirar, pero lo detuve nuevamente. Esta vez por impulso.

―¿Derek está en una de estás habitaciones?

No me pude resistir a preguntar. Hicimos contacto visual por unos segundos y su rostro pasó de la confusión al entendimiento.

―Usted es su esposa ―El chico robusto se impresionó, pero su reacción fue tan honesta y adorable que no pude evitar reírme.

―Sí, supongo que lo soy.

―El señor Fisher está al fondo del pasillo, esa es su habitación personal y no puede ser usada por e resto de los miembros. ―Entiendo. Muchas gracias… Ah…

―Carlos.

―Muchas gracias, Carlos.

Me dirigí al final del pasillo. Le di toquecitos a la puerta, sin respuesta. Volví a tocar y abrieron la puerta, pero solo lo suficientemente para que un hombre alto, calvo y de gesto amenazador asomara la cabeza.

―¿Qué quieres?

¿Me había equivocado de habitación?

―¿Derek está aquí?

―Estamos en medio de una reunión. Largo.

Y me cerró la puerta en la cara.

Bueno, tomaré sus palabras como un sí.

Seguí tocando por varios minutos hasta que me volvieron abrir. Esta vez la cabeza que se asomó fue la de Derek. Sus ojos grises irradiaban rabia al igual que su gesto. Estaba listo para pelear. Su mirada se suavizó al verme, pero seguía distante.

―¿Por qué estás aquí? ―habló con frialdad.

―Porque debería estar con mi reciente esposo en lugar de estar sola con esa gente mala.

Me dispuse abrir la puerta y pasar, pero su cuerpo me lo impidió. No podía ver más allá de su figura. Oía voces proveniente del interior, carcajadas, gritos de euforia. Esto no parecía una reunión de negocios.

Intenté distinguir si las voces eran femeninas o masculinas.

―Dile a uno de los pasilleros que te lleven a mi habitación ―demandó.

―Sí, señora. Si puedo ―Las dudas estaban escritas en su rostro y voz―. Pero, si el señor no la deja pasar…

―No te causaré problemas, te lo prometo. Usas la tarjeta y te vas, nadie se enterará que fuiste tú.

Mis manos formaron una plegaria.

―No le puede decir al señor Fisher. Me despedirá.

―Te lo prometo.

Él le quitó el seguro a la puerta y se fue, dejándola entreabierta. Fui metiendo la cabeza despacio, observando el panorama.

La iluminación era baja, las butacas eran cuero rojo y las bebidas alcohólicas adornaban la mesita en el medio. Pero mi atención no estaba en aquella trivialidad. Mis ojos no podían abandonar la escena que estaba ocasionando Derek. Un hombre estaba cubierto de moretones, arrodillado en el suelo frente a mí supuesto esposo. Varios hombres estaban rodeando al sujeto y riéndose.

Se me secó la garganta, las palmas me sudaban y el corazón me latía con prisa. El estómago se me revolvió.

Derek no había cambiado, no. En su lugar, había empeorado. Su fase depredador había escalado a niveles insostenibles.

No cabía la menor duda que Derek era un monstruo.

Derek puso su zapato en la cabeza del hombre y le pegó la mejilla contra el suelo, aplastándolo.

―A ver, basura. Repite lo que dijiste ―incitó. Su voz cargada de desprecio.

Su pie fue a la sien del sujeto. Este soltaba alaridos pero no sé defendía pese a tener las manos libres.

―Discúlpeme. Conseguiré el dinero para el próximo mes, lo prometo.

―Tenías que pagarlo hoy, maldito imbécil. Una disculpa no me devolverá mi dinero.

Derek apartó su pie, tomó impulso y pateó su cabeza con fuerza. Solté un grito al escuchar el impacto, fue un golpe seco. Los presentes voltearon en mi dirección.

Los ojos severos de Derek se clavaron en los míos.

¡Mierda!

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