Debí huir, debí esconderme, debí pedir ayuda. En su lugar, terminé de pasar y cerré la puerta detrás de mí.
Intenté actuar como si no me afectara la escena, como si el aura que expedía Derek no me perturbara. Respiré profundo, encontrando la firmeza en mi voz.
―¿Qué significa esto? ¿Por qué estás golpeando a ese hombre?
Derek retiró su pie del cuerpo del pobre hombre.
―Salgan de aquí ―Se dirigió Derek a su séquito―. Y llévenselo. Me encargaré de él más tarde.
Abrí los ojos con sorpresa y horror. Aquel hombre se encontraba lleno de moretones y prácticamente inconsciente, y aún así querían seguir maltratándolo.
Corrí a socorrer al hombre que estaba echado en el suelo con un ojo cerrado e hinchado y el otro estaba entrecerrado. Me arrodillé a su lado, analizando su estado.
―Este hombre necesita ir a un hospital ―grité.
Dos hombres se acercaron a nosotros y me cerní sobre la espalda del herido.
―¡No sé lo van a llevar para seguir golpeándolo!
Los actos atroces que estaba cometiendo Derek en estos momentos no era comparable con el bullying en etapa universitaria. Unos golpes más y este hombre moriría.
―¿Qué crees que haces? Quítate de encima de ese infeliz ―gruñó Derek.
―No me moveré de acá hasta que llegue una ambulancia.
Mi pecho estaba contra su espalda, podía sentir el débil movimiento de sus pulmones. Gracias al cielo aún respiraba.
―¿Quiere que la quitemos, jefe? ―preguntó uno de los hombres.
El corazón me latía a toda prisa. No sabía cómo sacar a este hombre y a mí de esta condenada situación.
―Ustedes no la van a tocar, para eso estoy yo ―habló con los dientes apretados.
Unos brazos rodearon mi cintura y solté un grito ahogado. Mis manos buscaban de que agarrarse para evitar ser arrastrada. Manoteaba y pataleaba mientras que era alejada del hombre. Podía sentir mi espalda contra el pecho de Derek. Su perfume invadía mis fosas nasales.
―¡Suéltame!
Forcejee con todas mis fuerzas, arañando sus brazos.
―¡Maldición, Erika! ¿Eres un animal salvaje?
Me mecía de un lado a otro para desestabilizarme. No me dejaba poner los pies en el suelo. Veía como el hombre era sacado a rastra por una puerta diferente.
―¡Eres un maldito monstruo! ―grité.
Un vez solos, se sentó en una butaca y me mantuvo a mí en su regazo. Pero mi rabia estaba desbordada. Luchaba con todas mis fuerzas para liberarme.
―¡Ya para! ―gritó, frustrado.
Se dispuso a sostener mis manos, sin embargo, logré asestarle un codazo en la costilla.
―¡Joder, Erika!
Su paciencia se había agotado. Me obligó arrodillarme frente a la mesa que estaba adherida al suelo y con una facilidad absurda, colocó la parte superior de mi cuerpo contra la fría madera. Mis senos eran presionados, mi barbilla descansaba en la tabla y muy cerca de mi rostro se encontraba una botella de ron.
Llevó mis manos a la espalda, reteniéndome.
―Quédate quieta de una maldita vez, Erika ―ordenó.
Intenté seguir luchando, mas me encontraba inmovilizada en su totalidad. Mis piernas habían sido separadas por las suyas, mis muñecas sujetadas en la parte baja de mi espalda, por una de sus manos mientras la otra apretaba uno de mis hombros.
Era inútil. No podía moverme.
Luego de unos minutos de luchar en vano y que mi cuerpo perdiera adrenalina, me rendí.
―¿Terminaste, salvaje? ―Había algo mezclado en la voz de Derek, algo profundo y placentero.
Tomé bocanadas de aire, recuperando el aliento.
―Eres un infeliz.
Tarareó una canción, ignorando mis insultos.
―Por más que quiera negarlo, me pones duro cuando te resistes a mí ―susurró.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...