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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 22

Me quedé unos segundos en silencio, procesando sus palabras.

―¿Te debe dinero?

―Sí.

―Debe ser mucho dinero para que lo golpees de esa manera. ¿Te robó una empresa? ¿Le prestaste suficiente dinero para dejarte en bancarrota?

Resopló y tomó mi muñeca, guiándome nuevamente a la butaca.

―La cantidad que presté es insignificante. No me afectará. Lo que me molesta son esos parásitos que piden dinero para pagar una deuda y terminan debiéndole a otra persona diferente.

Se sentó e intentó montarme en su regazo, pero me aparté y tomé distancia.

Sus palabras me escocían. Era doloroso y no por el simple hecho de referirse tan despectivamente de las personas que compartían mi situación económica, sino porque lo estaba diciendo él. Estaba decepcionada de Derek.

¿Cómo siento decepción por alguien que siempre supe que era clasista?

―No sabes por lo que están pasando esas personas. Lo que los llevó a recurrir a un prestamista privado. Imagínate, prefieren pagar una deuda y deberle a otra persona porque la deuda primaria los estaba ahogando y quién sabe que requisitos le pedían o lo que podían perder en el proceso ―grité, caminando en círculos de un lado a otro―. Y si supieran que los prestamistas privados se sentirían con el derecho de golpearlos, humillarlos y abusar de ellos, estoy segura que no les pedirían dinero.

Yo no lo hubiera hecho. Hubiera preferido que me echarán de la universidad, perder la oportunidad de graduarme. Lo único que he recibido de esa gente es maltrato, golpes, fracturas y amenazas de prostitución. Mis únicos pecados fueron ser inocente e ignorante durante mi etapa universitaria.

―Soy dueño de un banco internacional, Erika ―Se levantó de un salto y me atrapó por la cintura, buscaba levantarme y besarme, pero yo me resistía―. Veo diariamente personas buscando préstamos en mi banco, desde el más pobre que busca conmoverme con su historia trágica hasta el más rico que fue lo suficientemente imbécil para invertir en un negocio perdido.

―¡Suéltame!

Se encogió para besarme, pero esquivaba cada vez que podía. Terminaba besando mi mejilla o mi oreja. Lo empujaba con mis manos, mas se negaba a soltar mi cintura.

―La mayoría pierde su fortuna por apuestas absurdas ―Tomó el cabello de mi nuca entre sus dedos y jaló, obligándome a subir la cabeza. Rozó nuestras narices. Pensé que me besaría. Sin embargo, me dedicó una mirada feroz―. Terminan recurriendo a un prestamista privado por pura incompetencia. Y tienen un patrón: todos son unas basuras.

―Tú eres una basura ―escupí.

―Solo piensa ―habló con firmeza. Me quería hacer cambiar de opinión a la fuerza―. Fernando Smith está endeudado y es un maldito imbécil, maltratador y explotador. El infeliz que intentó abusar de ti en la boda de tu amiga, también está endeudado y es un maldito violador. Y luego está la blanca palomita a la que intentas defender; golpeador de mujeres, cuyas deudas son por comprar cocaína y putas. En conclusión: todos los endeudados son una basura y un estorbo para la economía.

Mi mano cobró vida propia y lo abofetee, empujándolo como una desquicia hasta que me soltó. La impresión estaba escrita en su rostro.

Mis arterias estaban inundadas de rabia pura. Sus palabras eran crueles y generalizadas.

Generalizar estaba mal. Sí, por las descripciones puedo afirmar que Fernando y los otros dos son basura, pero no significa que todos los endeudados sean igual. Conocí gente en mi situación que eran y son buenas personas, pero la suerte les jugó en contra.

―¿Y cuál es tu excusa? ―grité, golpeando su pecho con mis manos abiertas. No se defendía y no parecía que le estuviera haciendo daño pese a usar toda mi fuerza. Ni siquiera lograba moverlo―. No estás endeudado pero eres una basura. ¿Cuál es la diferencia entre tú y ellos? Golpeas, humillas y maltratas a quien se te antoja por el simple hecho de tener poder. No eres mejor que ellos.

Tomó mi rostro entre sus manos.

―¿Por qué los defiendes tanto? ¿Por qué me odias cuando jamás te he atacado o humillado de esa forma? ¿Necesito ser un muerto de hambre para que sientas pena por mí y me defiendas? Te estoy dando todo lo que nunca tuviste pero siempre quisiste; dinero, poder, influencia, popularidad.

Pese a las crueles palabras que le solté anteriormente, besó mi mejilla con delicadeza.

―¿Qué más necesitas de mí?

Pegó su frente a la mía.

Sentía que el corazón se me saldría del pecho. Los ojos de Derek eran intensos.

Él me confundía. Decía odiarme, pero ocasionalmente soltaba esa clase de frases que me desestabilizaba.

Tocaron la puerta con delicadeza.

―Señor Fisher, sus padres llegaron ―gritaron a través de la puerta.

―Solo recuerda esto: siempre he sido amable contigo, te he tratado bien. Una vez que conozcas a esos dos engendros, verás la diferencia entre ellos y yo. Y espero que así aprendas a valorarme.

Fruncí el ceño, confundida. Me subió el cierre del vestido y me llevó a la salida sin mediar palabra. Estábamos cogidos de las manos.

―¿Tus padres no están divorciados? ¿Decidieron reunirse conmigo al mismo tiempo? Pensé que su divorcio había sido caótico.

No me respondió. Seguimos caminando y salimos al exterior de la mansión. Cruzamos el jardín hasta un restaurante al aire libre.

Fuimos sin vacilar a una de las mesas. Nos encontramos con un hombre y una mujer de entre unos cincuenta años. El gesto de ambos era severo, mortal y bañado de años de experiencias.

Capítulo 22: La familia Fisher. 1

Capítulo 22: La familia Fisher. 2

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