Corrí sin mirar atrás hasta que los murmullos desaparecieron. Sentí mi cuero cabelludo quemarse y mi rostro arder. Me costaba mantener los ojos abiertos por las lágrimas involuntaria que brotaban. El dolor se mezclaba con la impotencia y la humillación, haciéndome sollozar descontroladamente.
―Ven conmigo ―Esa voz, la reconocía.
No podía verlo bien. Me tomó de la mano y dejé que me guiara. Era un mar de lágrimas.
Pasamos varias puertas. Me estrujé los ojos y pude ver al hombre que me ayudaba. Era Carlos, el pasillero.
Recorrimos los pasillos del área de empleados. Cada empleado que nos veía pasar nos perseguía, preguntando sobre mi estado e intentando ayudar.
―¿Qué le pasó a la pobre?
―¿Adónde la llevas? Siéntala aquí. Nosotras la tratamos ―exigió una señora.
Los gritos aumentaron.
―¡De acuerdo, de acuerdo! Es toda suya, pero tengan cuidado. La señora Katherine le echó encima moca latte caliente ―dijo Carlos.
―¡Esa vieja bruja! ―exclamó una mujer de grandes curvas. Su piel era oscura y su cabello rizado. Tenía cierto acento que no lograba reconocer.
Otra mujer morena y de cabello rizado me agarró el mentón, me obligó a mirarla. Ella era delgada y alta.
―Tranquila, reina. Fui enfermera durante siete años en mi país, se lo que tengo que hacer.
La mujer delgada tenía el mismo acento. Parpadeé varias veces. Visualice al grupo de mujeres que me rodeaban. Todas tenían algo en común: poseían el mismo color de piel y acento.
Además de la ropa de servicio.
Eran extranjeras.
Pero cada una tenía características que las hacían diferente; su cabello, estatura, contextura, voces.
―Y yo fui peluquera. Estás en buenas manos ―dijo la más rechoncha.
Examinaban mi cabello mientras me llenaban de consuelo.
―No llore, niña. Esa gente no merece sus lágrimas. Por suerte, su cuero cabelludo solo está irritado por el calor. No sufrió ninguna quemadura.
―Duele mucho ―jadee.
―Por supuesto, estuviste expuesta a altas temperaturas y el cuero cabelludo es sensible. Aplicaré… Señor ―El tono amable de la mujer delgada pasó a ser de miedo.
Las mujeres que me rodeaban se apartaron lo suficiente para dejar pasar al hombre alto que imponía su autoridad adónde fuera.
Se arrodilló delante de mí y tomó mi mentón entre sus dedos, analizando mi rostro. Me negué a mirarlo a sus ojos grises. Pasó su pulgar por mi mejilla húmeda por las lágrimas. Apreté los dientes, ahogando los sollozos.
Él no me defendió, permitió que sus padres me humillaran y agredieran. Me sentía traicionada por él y no comprendía el por qué.
―¿Por qué la trajiste aquí? ―preguntó Derek, dirigiéndose a Carlos que se encontraba cerca.
―Me pareció correcto sacarla de aquel lugar. Se estaban burlando de ella.
Miré a Carlos. Sus labios formaban una línea fina. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos cafés no vacilaban. El hombre era joven, alto y musculoso.
―Debiste llamar a una ambulancia o esperar a llevarla a un hospital ―gruñó.
―No quiero ir a un hospital ―dije con convicción―. Quiero que estas mujeres me traten.
Me atreví a ver el ceño fruncido de Derek.
―Son empleadas de servicio ―habló con desdén.
―¡No! Son enfermeras, estilistas y Dios sabe que más. No quiero ir a un hospital y no quiero salir de este lugar en tan deplorable estado por culpa de tus padres y tuya.
Abrió los ojos de par en par. El dolor cruzó su rostro y retrocedió hasta chocar la pared.
Las empleadas vieron esto como un visto bueno para volver a ponerme las manos encima.
Siguieron examinando mi cabello, rostro y brazos mientras que Derek observaba a lo lejos.
―Tu piel solo está algo irritada. Que bien ―dijo la más rechoncha―. Podría haber sido peor.
―Por suerte no estaba hirviendo ―comentó la mujer curvilínea.
Las mujeres continuaron consolándome, pero evitaron soltar comentarios despectivos sobre la madre de Derek.
Lavaron mi rostro, brazos e hicieron lo que pudieron con el vestido que llevaba encima.
Metieron mi cabeza en el fregadero. La mujer delgada había preparado un tónico con monte y vegetales.
―Esto ayudará a darle vida a su cabello y evitar que los folículos capilares se debiliten al estar expuestos a altas temperaturas. Además de refrescar el cuero cabelludo. Noto que se le está cayendo, pero tranquila, esto es mágico.
―¿Vas a dejar que estas mujeres te echen esa mezcla de dudosa procedencia? ―Se quejó Derek―. Puedo llevarte a una peluquería confiable.
―Adelante ―Le dije a la mujer delgada, ignorando a Derek.
Me bañó el cabello con la sustancia fría, mechón por mechón. Una vez aplicada, la dejó en exposición una hora. En algún punto, Derek había desaparecido.
―El almuerzo, señora ―dijo Carlos, ofreciéndome una bandeja de comida.
Comí junto con ellos, a veces hablaban en otro idioma, en otras ocasiones hablaban la misma lengua que yo para incluirme en la conversación. Me sentía cómoda con ese grupo de personas.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...