―¿Qué m****a? ―Escuché la voz de Derek a lo lejos.
Fui por el pasillo indicado y para mí suerte, solo tenía una puerta a pocos metros de distancia. Tiré de la perilla y no cedió, me golpeé de frente con la puerta.
―¡Rayos!
―¿En serio pensaste que iba a dejar la puerta trasera abierta cuando tienes impulsos escapistas? ―habló Derek, acercándose con lentitud.
Estábamos en medio de un pasillo estrecho, donde mi única salida era volver sobre mis pasos. Sin embargo, había un hombre pelinegro de ojos grises y un metro noventa que me bloqueaba el camino.
Me mantuve en modo de ataque, buscando un punto ciego entre sus extremidades.
Se detuvo a la mitad del pasillo y extendió sus brazos. Me sonrió con malicia, viéndome como si fuera un conejo enfrentándose a un lobo.
―Ven. Intenta escapar si puedes.
Tragué grueso. Me movía de izquierda a derecha en aquel estrecho pasillo, observando mis pequeñas posibilidades de libertad.
―Eres despreciable.
Antes de que pudiera responder, me abalance a su costado. Soltó una sonora carcajada mientras se agachaba y me atrapaba entre sus brazos. Luché para soltarme, pero era inútil. Él tomó la parte trasera de mis muslos y me levantó.
Grité de sorpresa cuando puso mi vientre sobre tu hombro.
―Buen intento.
Me nalgueó. Un gemido ahogado murió en mi garganta.
Caminó conmigo sujeta como un costal de papas. Pasamos entre Musa y el resto. Solo podía ver los pies de las personas. Veía zapatos tras zapatos desgastados. De pronto, nos topábamos con tacones y zapatos nuevos o recién pulidos. ¡Estábamos en la zona de clientes!
―¡Derek! ―gemí en voz baja.
―En nuestra defensa, aún estamos en nuestra luna de miel ―Le respondió Derek a alguno de los invitados y seguimos de largo.
Las mejillas se me encendieron.
Subimos las escaleras y nos adentramos en un pasillo. El camino se me hizo largo hasta que nos metimos en una habitación y cerró la puerta detrás de él.
Me lanzó contra la cama.
―¿Adónde planeabas ir? ―dijo mientras caminaba a mi alrededor.
―¡A mí apartamento! ¡Mi hogar! ―dije, poniéndome en pie sobre la cama, sin importarme el ensuciar las sábanas.
―Te recuerdo que no puedes pasar la noche en otro lugar que no sea mi propiedad principal a menos que yo te lo autorice ―gritó, parándose frente a mí.
La diferencia de estatura no era mucha a pesar de estar montada en la cama. Su nariz estaba a la altura de mis labios. Y aún así, no lograba intimidarlo. Su presencia se imponía sobre cualquier cosa. Pero me aseguré de mantener mi rabia a tope, para evitar ser eclipsada por la suya.
Yo debería ser la única molesta. Él estaba golpeando a un hombre. Él odiaba a las personas endeudadas como yo hasta el punto de tratarlos como bazofia. Él permitió que sus padres me insultaran sin descanso. El dejó que su madre me quemara y humillara frente a todos. ¿Para qué me defendió frente a una de sus ex amantes si iba a dejar que su progenitora me tratara de tal forma?
―¿Y qué harás al respecto? ¿Cómo me impedirás que haga lo que quiera?
Me agarró por la nuca, llevando mi rostro hacia el suyo. Nuestras narices se rozaban. Sus ojos me fulminaban.
―¿Crees qué no te demandaré? ¿Crees que no te obligaré a pagar los cien mil dólares? ―gruñó con los dientes apretados―. Te convertirás en una endeudada igual que ese hombre, una esclava. Dependerás en mí y te trataré como a él.
El vello se me erizó y las piernas me temblaron. Si no estuviese siendo sostenida por la nuca, hubiese caído de rodillas.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...