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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 25

Toqué algo cálido y duro. Los párpados me pesaban. La noche estaba fría y las cobijas tibias. Mi mano examinaba la zona caliente y firme.

―Si bajas un poco más me provocarás una erección ―dijo una voz adormilada.

Abrí los ojos de golpe. Derek estaba acostado a mí lado, con los ojos cerrados y el pecho descubierto. Mi mano descansaba sobre su abdomen entrenado.

Por impulso, lo golpeé justo en esa muralla de rocas llamada abdomen.

―¿Qué haces aquí? ―grité, con el corazón a mil.

Me senté en la cama mientras él se doblaba de dolor.

―Tienes la mano pesada, maldición ―Se quejó, recomponiéndose con rapidez.

―Dijiste que dormirías en la habitación reservada ―reclamé.

―Sí, pero apenas que anuncié que te quedarías aquí por el día de hoy, misteriosamente, Carlos pidió hacer doble turno.

―Tal vez necesita el dinero con urgencia ―dije con seriedad.

Me tomó de la muñeca, estrechándome contra su cuerpo. No llevaba sostén, solo un camisón de seda. Por lo cual se sentía más íntimo el contacto contra su piel desnuda.

―No te hagas la loca. Quería cumplir su fantasía de follarse a la esposa del jefe ―susurró mientras acariciaba mi mejilla con la otra mano.

―No seas cerdo.

―¿Por qué duermes con ropa, Erika? Te recomiendo dormir sin camisa, es más cómodo ―dijo, juguetón.

Quería reírme, pero al ver su rostro recordaba la forma en la que me trató y habló. Su gesto se endureció.

―Trabajarás en uno de mis bancos a partir de mañana, en el área de recursos humanos, solo si así lo quieres ―dijo con convicción.

Su confesión me dejó aturdida. Me veía con atención mientras procesaba sus palabras.

Estaba intentando tapar una mala experiencia con una buena noticia. Y como tonta, dejé que la rabia se apaciguara. Un trabajo era mi salvación.

―¿De verdad? ―La emoción acompañaba mi voz.

―Sí. O si prefieres, puedes comenzar pasado mañana.

―No, no, no… ―Una vez que la emoción le dio pasó a la razón, las dudas empañaron mi mente―. Espera, ¿dijiste en uno de tus bancos?

―Por supuesto.

Desvié la mirada para pensar con claridad.

―¿Qué ocurre? ―dijo con el ceño fruncido.

―No me siento bien respecto a que mi jefe sea mi esposo. Y todos ya saben que estamos casados, no me tratarán con normalidad y lo más probable es que me hagan bullying o me ignoren por ser la esposa del jefe.

Lo más importante es que conseguí un empleo, lo sé. Pero mi mente no podía dejar de pensar en todos los escenarios posibles que me llevarían a ser acosada por mis compañeros, supervisores, gerentes, ect.

Viví tantos años siendo acosada y despreciada que ya era parte de mi día a día imaginar quien y de qué manera me hostigarían el día de hoy.

―Di nombres y los despedimos ―La expresión de Derek me decía: problema resuelto.

―¿Tú todo lo resuelves usando tu poder?

―Es la parte divertida de tener poder, usarlo.

Tomó mi rostro con una de sus manos. Sus dedos abarcaban la mayor parte de mi cara.

―Creo que me merezco una mamada ―bromeó.

Mis mejillas enrojecieron.

Derek parecía más abierto a soltar sus comentarios subidos de tono desde que nos enrollamos en su habitación reservada. Creo que, a través de sus ojos, piensa que lo estoy aceptando como marido. Debí rechazarlo desde el principio, es lo que hubiese hecho en cualquier otro momento del pasado. Pero no lo hice.

Derek me tenía confundida, un día me decía que me haría sufrir durante el matrimonio y al siguiente me trataba con delicadeza.

―No quiero ser la puta del jefe ―Finalicé.

Su gesto se endureció y sus ojos se apagaron.

―Escucha bien, si alguien llega a usar esa palabra para describirte no lo voy a despedir, lo voy a matar.

La piel se me erizó ante su declaración. Estaba segura que cumpliría su amenaza sin lamentaciones.

Me mantuve en silencio, no sabía cómo confrontaría a mis nuevos compañeros una vez que se enterarán de mi matrimonio.

―Escucha, el público sabe que estoy casado, pero no hay ninguna revista con tu foto. Eres un misterio. Los únicos que conocen tu rostro y tu nombre, son mi círculo social, gracias a Katy. Nadie más.

―Derek, ¿te quieres vengar de mí o sigues enamorado de mí? ―Las palabras salieron por si solas. Las dudas me carcomían.

Sus brazos se relajaron a mí alrededor. Su expresión se convirtió en un papel en blanco, uno que estaba manchando con mis preguntas.

―Me estás ocultando muchas cosas y eso me molesta; proteges a los hombres con los que has tenido sexo y mientes sobre la existencia de tus padres. ¿Por qué?

Abrí los ojos de par en par. Como pude, me afinque en mis codos y retrocedí. Estábamos tan cerca y partes de nuestros cuerpos se rozaban. Sentí el respaldar de la cama contra mi espalda. Él se movió conmigo. Sus manos seguían formando una pequeña prisión a mi alrededor.

―¿Qué tanto sabes sobre mis padres?

―Que están vivos y en el país. A diferencia de lo que le has contado a las personas. Robert y Celia Stone.

Sus nombres. Este hombre me había investigado a niveles inimaginable.

―Estás enfermo.

Lo aparté con brusquedad. Me alejé de la cama, viéndolo como se regodeaba de saber todo de mí.

―Fuiste reportada como desaparecida a los quince, pero el caso se cerró cuando te encontraron durmiendo en el sofá de una amiga. ¿La razón por la que saliste de casa? Una discusión con tus padres ―hablaba como si él hubiese estado presente, como si relatara una historia la cual ha contado innumerables veces.

―Fue más que una discusión ―dije deprisa.

Arqueó una ceja, intrigado, pero no dije más. Al darse cuenta que no conseguiría sacarme ni una sola palabra más, continuó.

―El día que cumpliste dieciséis, te escapaste a una fiesta con amigos.

Negué con la cabeza, rehusándome a ser juzgada.

―Y a los diecisiete golpeaste a tu madre en la cabeza con un jarrón y escapaste. No puso denuncias en tu contra, pero desde entonces no volviste a casa. Te has quedado en casas de amigos hasta cumplir los dieciocho años y lograste conseguir una habitación compartida.

Me metí en el baño, cerrando la puerto de golpe. Me negaba a escucharlo, me molestaba. Abrió la puerta con tal fuerza que esta pegó contra la pared.

Entró hecho una furia. No me dio tiempo de asimilar lo ocurrido, me tomó por la parte trasera de los muslos y me levantó, posicionándome sobre la encimera del lavamanos. Se metió entre mis piernas como un intruso.

―¿Fue uno de tus compañeros de habitación el que te arrebató tu primera vez? O, ¿uno de tus amigos que te prestó el sofá de su casa?

Lo golpeé en el pecho, con rabia.

―¡Eres un hijo de puta! Te odio, eres de lo peor.

Sus manos se enredaron en mi cabello, su boca estaba a milímetros de mis labios.

―Yo también te odio. Te odio, te odio, te odio ―Pude sentir las emociones desbordarse con cada palabra que soltaba sus labios. El odio, la frustración, el deseo―. Odio con toda mi alma que seas tan orgullosa, testaruda. Odio que compartamos la misma habitación y no pueda tocarte. Odio que no desees besarme con la misma intensidad que yo te deseo a ti. Te odio, Erika.

Sin más, me besó, robándome la calma y el aliento. Era un beso salvaje, descontrolado, necesitado.

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