Toqué algo cálido y duro. Los párpados me pesaban. La noche estaba fría y las cobijas tibias. Mi mano examinaba la zona caliente y firme.
―Si bajas un poco más me provocarás una erección ―dijo una voz adormilada.
Abrí los ojos de golpe. Derek estaba acostado a mí lado, con los ojos cerrados y el pecho descubierto. Mi mano descansaba sobre su abdomen entrenado.
Por impulso, lo golpeé justo en esa muralla de rocas llamada abdomen.
―¿Qué haces aquí? ―grité, con el corazón a mil.
Me senté en la cama mientras él se doblaba de dolor.
―Tienes la mano pesada, maldición ―Se quejó, recomponiéndose con rapidez.
―Dijiste que dormirías en la habitación reservada ―reclamé.
―Sí, pero apenas que anuncié que te quedarías aquí por el día de hoy, misteriosamente, Carlos pidió hacer doble turno.
―Tal vez necesita el dinero con urgencia ―dije con seriedad.
Me tomó de la muñeca, estrechándome contra su cuerpo. No llevaba sostén, solo un camisón de seda. Por lo cual se sentía más íntimo el contacto contra su piel desnuda.
―No te hagas la loca. Quería cumplir su fantasía de follarse a la esposa del jefe ―susurró mientras acariciaba mi mejilla con la otra mano.
―No seas cerdo.
―¿Por qué duermes con ropa, Erika? Te recomiendo dormir sin camisa, es más cómodo ―dijo, juguetón.
Quería reírme, pero al ver su rostro recordaba la forma en la que me trató y habló. Su gesto se endureció.
―Trabajarás en uno de mis bancos a partir de mañana, en el área de recursos humanos, solo si así lo quieres ―dijo con convicción.
Su confesión me dejó aturdida. Me veía con atención mientras procesaba sus palabras.
Estaba intentando tapar una mala experiencia con una buena noticia. Y como tonta, dejé que la rabia se apaciguara. Un trabajo era mi salvación.
―¿De verdad? ―La emoción acompañaba mi voz.
―Sí. O si prefieres, puedes comenzar pasado mañana.
―No, no, no… ―Una vez que la emoción le dio pasó a la razón, las dudas empañaron mi mente―. Espera, ¿dijiste en uno de tus bancos?
―Por supuesto.
Desvié la mirada para pensar con claridad.
―¿Qué ocurre? ―dijo con el ceño fruncido.
―No me siento bien respecto a que mi jefe sea mi esposo. Y todos ya saben que estamos casados, no me tratarán con normalidad y lo más probable es que me hagan bullying o me ignoren por ser la esposa del jefe.
Lo más importante es que conseguí un empleo, lo sé. Pero mi mente no podía dejar de pensar en todos los escenarios posibles que me llevarían a ser acosada por mis compañeros, supervisores, gerentes, ect.
Viví tantos años siendo acosada y despreciada que ya era parte de mi día a día imaginar quien y de qué manera me hostigarían el día de hoy.
―Di nombres y los despedimos ―La expresión de Derek me decía: problema resuelto.
―¿Tú todo lo resuelves usando tu poder?
―Es la parte divertida de tener poder, usarlo.
Tomó mi rostro con una de sus manos. Sus dedos abarcaban la mayor parte de mi cara.
―Creo que me merezco una mamada ―bromeó.
Mis mejillas enrojecieron.
Derek parecía más abierto a soltar sus comentarios subidos de tono desde que nos enrollamos en su habitación reservada. Creo que, a través de sus ojos, piensa que lo estoy aceptando como marido. Debí rechazarlo desde el principio, es lo que hubiese hecho en cualquier otro momento del pasado. Pero no lo hice.
Derek me tenía confundida, un día me decía que me haría sufrir durante el matrimonio y al siguiente me trataba con delicadeza.
―No quiero ser la puta del jefe ―Finalicé.
Su gesto se endureció y sus ojos se apagaron.
―Escucha bien, si alguien llega a usar esa palabra para describirte no lo voy a despedir, lo voy a matar.
La piel se me erizó ante su declaración. Estaba segura que cumpliría su amenaza sin lamentaciones.
Me mantuve en silencio, no sabía cómo confrontaría a mis nuevos compañeros una vez que se enterarán de mi matrimonio.
―Escucha, el público sabe que estoy casado, pero no hay ninguna revista con tu foto. Eres un misterio. Los únicos que conocen tu rostro y tu nombre, son mi círculo social, gracias a Katy. Nadie más.
―Derek, ¿te quieres vengar de mí o sigues enamorado de mí? ―Las palabras salieron por si solas. Las dudas me carcomían.
Sus brazos se relajaron a mí alrededor. Su expresión se convirtió en un papel en blanco, uno que estaba manchando con mis preguntas.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...