Verbalmente, no acepté ni me negué a nada. Simplemente no respondí. Sin embargo, lo había seguido al coche luego de despedirme de Chika, Musa y Alika.
Derek lucía aliviado, inclusive complacido, pero no dijo ni una palabra. No sé burló, no ofendió, ni siquiera habló en todo el camino. Es como si supiese que la más mínima acción y oración podría hacerme retroceder.
Siempre quise disfrutar mi vida sexual, mi juventud, sentirme deseada. Y por más que me costaba admitirlo, Derek estaba cumpliendo con ese rol.
La ginecóloga me hizo varias preguntas sobre mi menstruación, alimentación, alergias, antecedentes médicos y finalmente, mi vida sexual.
La doctora se impresionó al enterarse que apenas inicié mi vida sexual el día de ayer, con mi esposo.
―¿Usaron algún método anticonceptivo? ―preguntó la doctora, las arrugas adornaban su rostro.
―En el momento no… ―Admití con vergüenza. Era una mujer de casi treinta años y me dejé llevar por la calentura, olvidándome de usar algún método anticonceptivo―. Pero esta mañana me tomé una pastilla de emergencia.
La doctora procedió anotar la información.
―Tengan en cuenta que entre más horas tarden en usar la pastilla de emergencia, hay menos probabilidad que esta funcione. Le recomiendo que dentro de tres semanas se realice una prueba de embarazo para asegurarse que todo esté en orden.
Asentí con decisión, absorbiendo la información que ella estuviese dispuesta a compartir.
Derek se mantuvo en silencio. Nunca lo había visto tan fuera de si, incómodo. Él fue el de la idea de visitar un ginecólogo y ahora parecía que estuviese pisando tierra inexplorable. Aunque supongo que tampoco ayudó que la ginecóloga lo haya ignorado desde el principio. Una vez que inició la consulta y él empezó a relatar nuestra situación, fue silenciado por ella. Donde le dejó muy claro que me quería escuchar a mí y solo a mí.
Me di cuenta que era una mujer estricta con carácter de acero, pero también muy comprensiva y dedicada. No me sentía juzgada mientras me corregía. Y eso me llenó de confianza para hablarle con total honestidad.
―Me gustaría revisarla antes de sugerirle un anticonceptivo. ¿Me permite?
―Sí, por favor.
Por primera vez de lo que va de la consulta, la ginecóloga miró fijamente a Derek.
―Necesito que salga de la habitación para poder revisarla, por favor.
Él inclinó la cabeza, confundido y ofendido.
―¿Y por qué no puedo permanecer en la sala? ―replicó.
―Su esposa necesita privacidad ―La mujer habló con tal fluidez que me preguntaba cuántas veces al día habrá tenido que decir esa frase.
―No puedo creerlo ―dijo para si mismo, molesto―. Hago la cita, pago la consulta, asisto para acompañar a mi esposa y soy tratado como un criminal de guerra.
Recorrió el consultorio. La doctora no dijo más, solo esperó. Actuaba como si supiese la reacción que tendría y que no necesitaba decir más, solo darle tiempo para que salga.
Derek metió su mano en un frasco repleto de paletas de dulces y sacó un gran puñado.
―Me llevo estas mientras espero ―dijo, reacio.
No esperaba que hiciera eso. Y tal parece que la ginecóloga tampoco, porque la vi arquear la ceja antes de volver a esa expresión de frialdad que tenía en un principio.
Bueno, estábamos hablando de Derek Fisher. Él siempre debía ganar al final, hasta en las situaciones más absurdas, como esta.
No me enorgullece decir que mis visitas al ginecólogo eran pocos frecuentes, por lo cual no me había acostumbrado a tener la cabeza de un desconocido entre las piernas. Ya es la segunda persona en menos de veinticuatro horas que ve mi vagina.
El examen fue rápido y la doctora me mantuvo distraída con preguntas banales pero que para mí fueron muy complejas. Preguntarme sobre mi matrimonio, dónde me propuso matrimonio, cuánto tiempo estuvimos de novios antes de dar el primer paso. Lo que serían preguntas fáciles para cualquier otra persona, para mí era un acertijo en chino.
―Bueno, siempre sugeriré los condones tanto masculinos como femeninos, el que prefieran. Ya que es el único método anticonceptivo que protege de las ETS ―dijo con calidez―. Pero si está buscando un anticonceptivo dirigido al cuerpo femenino, les tengo varias opciones.
Debajo del escritorio, sacó una cartelera con dibujos detallados de cada anticonceptivo. Me fue explicando uno por uno. Algunos me parecieron muy intrusivos para mí gusto, otros llevaban mucho proceso y otros… me dieron pavor. Odiaba las agujas.
―Creo que me iré con las más usadas, las pastillas.
Asintió con la cabeza.
―Por un segundo pensé que escogerías la inyección.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...