Entrar Via

Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 30

―Mucho gusto, soy Erika Stone ―dije mi apellido de soltera, porque no me lo había cambiado. Y sería contraproducente hacerlo cuando dentro de un año nos divorciaremos.

La joven llamada Dakota volvió asentir con su cabeza. Tomó una nota pegada a su escritorio y me la mostró.

“Mi nombre es Dakota, un placer conocerte” decía la nota.

Ladeé la cabeza.

Volvió a poner la nota en su lugar y agarró otra diferente.

“Soy muda, pero puedo responderte a través de una aplicación del celular”

―Oh, oh, entiendo ―dije con prisa, avergonzada.

Me puse a pensar en que clase de expresión habré puesto cuando me enseñó las notas, espero que no piense que la estaba juzgando ni discriminando.

Dakota me sonrió como si mi actitud fuese predecible, como si fuese la parte más graciosa de su día a día.

Me entregó una hoja tamaño carta, estaba escrita a mano y llena de colores. Se veía vivaz. Leí el encabezado: información detallada de las tareas que debes desempeñar.

Se notaba que era dedicada.

El resto de la tarde estuve en la computadora que me asignaron, revisando documentos, sacando copias, pasando documentos que necesitaban aprobación de la jefa. Todo bajo las instrucciones de Dakota que trabajaba sobre mi hombro, evaluando el desempeño. Según me explicó, yo junto a otra compañera que conocería pronto nos encargaríamos de las entrevistas a los nuevos empleados, pero eso una vez que yo me haya integrado totalmente al equipo y haya agarrado confianza.

La tarde fue ajetreada, pero me gustó. Estaba aprendiendo y el ambiente era tranquilo. No sentía ese dolor de estómago característico de mi anterior trabajo.

Nos despedimos y salimos de la oficina. En frente de la puerta había un auto negro con un chófer que reconocí de la mansión de Derek y él me reconoció a mí.

Me abrió la puerta trasera del coche.

―Señora Fi…

No lo dejé terminar. Salté al interior del vehículo antes de que dijera el apellido de Derek frente a mis compañeros que estaban saliendo del edificio.

Nadie parecía conocer mi relación con Derek. Me sentía como una heroína que ocultaba su identidad por un bien mayor; el ambiente laboral estable era un bien mayor.

Al llegar a la casa, Derek estaba en la espaciosa sala de estar, viendo una película. El mismo traje que esta mañana, solo que se había quitado el saco y desabotonada el chaleco.

―¿Cómo te fue en tu primer día? ―preguntó, quitando uno de los cojines del mueble, indicándome que me sentara.

Con timidez, me acerqué e hice lo que me sugirió. No encontraba como verlo a la cara y evitar pensar en que le robaría. Y ahora más que me gustó el trabajo que me consiguió; que me enamoré del ambiente laboral y las tareas correspondientes, que por fin estaba trabajando no como una asistente cualquiera. Estaba ejerciendo mi carrera que me costó sangre, sudor, lágrimas y una deuda que era como un agujero sin fondo.

―Bien, todos fueron muy agradables y el lugar es bonito.

Me dedicó una sonrisa complacida. Él sabía que me estaba ganando con el trabajo, que era una forma de demostrarme lo bien que me iría en la vida sí continuaba a su lado.

―Bueno, me iré a bañar ―dije incómoda ante el silencio que se prolongó entre nosotros.

Me levanté y el aprovechó para rodear mi cintura con sus brazos. Su frente hizo contacto con mi vientre.

―¿Nos bañamos juntos? ―habló con calidez.

El corazón me dio un vuelco.

Derek estaba siendo más expresivo, más cariñoso. Desde que nos acostamos, su personalidad ha sido más extrovertida, sus sugerencias sexuales más constante y el contacto físico inocente ha aumentado. Toca mis hombros con más libertad, mis brazos, mis manos. Y cada zona con la que hace contado estalla en hormigueos a lo largo de mi piel.

―El anticonceptivo necesita al menos siete días para hacer efecto.

―No haremos nada divertido ―Su mano bajó a mis nalgas, acariciándola superficialmente.

―Tus palabras y tus acciones no parecen coincidir.

―Señor Fisher… ―El hombre que entró en la estancia se detuvo abruptamente al vernos.

Derek quitó sus manos de mi cuerpo y se enderezó.

―¿Qué pasa? ―habló con sequedad.

Sus ojos se volvieron fríos, atemorizantes y carentes de emoción. Su postura demostraba autoridad.

Me fijé en el objetivo de su dureza. El hombre tenía un ojo morado, las lágrimas bañaban sus pómulos y sangre seca adornaba su barbilla, como si hubiese escupido sangre.

El vello se me erizó ante la imagen. Sin embargo, a Derek no parecía importarle.

El hombre se puso frente a los dos. Y sin más, se arrodilló, su frente chocó contra el suelo.

Me aparté rápidamente, consternada. Miraba el rostro lúgubre de Derek y al hombre postrado junto a sus pies.

―¡Por favor, perdóneme, señor Fisher! ―Los sollozos abarcaron la habitación―. Se lo suplico. Soy un idiota, un imbécil, un desperdicio de oxígeno. Caí ante la tentación como una completa basura, una rata.

Derek entró y retrocedí, evitando verlo a los ojos. No quería saber si lo había matado, si había ocultado el cadáver en el patio.

Me metí en la cama, dándole la espalda. Siendo consciente de la incomodidad que nos rodeaba. El silencio era tan abrumador que podía distinguir el sonido de sus pasos, el del saco siendo lanzado a una silla. La cama se movió y supe que se había sentado.

―No está muerto ―dijo al aire, pero sé que esa respuesta iba dedicada a mí. No respondí―. Me robó, Erika. Estuvo un año trabajando como guardia de seguridad en esta mansión y echó todo a la borda por codicia.

Permanecí en silencio, presionando mis labios con fuerza para evitar emitir algún sonido.

―Erika, ni siquiera fue por necesidad, solo quería derrochar dinero una noche frente a sus amigos, para presumir. Lo admitió ―Continuó―. He dejado pasar muchas cosas a los empleados. Pero la traición jamás ha sido una de ellas. Y no me refiero nada más a lo monetario, esto abarca cualquier traición; en el campo laboral, amistades, familia, amor, sexo.

Los últimos ejemplos lo entonó con una fuerza que creí que me estaba mandando un mensaje.

La cama se movió y lo descubrí rodeando la zona hasta estar frente a mí. Se sentó a mi lado, viéndome fijamente.

―Erika, no soporto las infidelidades. Nadie me ha sido infiel y yo no le he sido infiel a nadie. Y por un motivo muy fácil, jamás he tenido una relación. Las mujeres con las que estuve en el pasado les dejaba claro que no estaba buscando nada serio y aún así se anotaban pensando que en el fondo yo podría enamorarme de ellas.

―No entiendo porque me cuentas esto.

―Porque ellas no me importaban, no me interesaba si tenían otro amante mientras estaban conmigo. Pero nosotros estamos casados.

―Pero fue un matrimonio hecho por el odio y la venganza. Ni siquiera querías casarte conmigo. Esto es más un compromiso legal que un matrimonio.

Frunció el ceño con evidente molestia.

―Yo espero que no te lo tomes meramente como un acuerdo legal. Estamos casados legalmente. Eres mi esposa y yo soy tu esposo. Somos pareja. No nos traicionaremos, no estaremos con nadie más. Tú me serás fiel y yo te seré fiel a ti ―habló con seriedad―. No soy como mis padres. Quiero exclusividad. Pude vengarme de ti con otros veinte métodos que no implicaba ponerte un anillo en el dedo, pero este fue el que preferí. Espero que no necesite explicarte el por qué.

Sí, si que vas a necesitar explicarte, pero sé que no lo vas hacer ahora.

―Si te descubriera en una aventura con otro hombre no sería solo mi orgullo el herido, mataría a ese infeliz, sin importar que estuviese enterado de nuestro matrimonio ―La rabia inundaba sus ojos, pasó sus dedos por mi mejilla―. No podría mirarte a la cara. Estaría devastado. Me arruinarías. Puedo poner de excusa la traición de alguien como la razón por la que me estoy desmoronando, pero la gente a mi alrededor sabría que a pesar que las traiciones son intolerables para mí, no llegaría al punto de derribarme, solo me dedicaría a derribar al traidor. Que a pesar que considero la infidelidad el acto más vil que puede ocurrir en un matrimonio, no me destruiría, solo destruiría a mi cónyuge. Pero resulta que tú eres mi cónyuge. Eso lo hace diferente. Si tú me fueras infiel, te destruiría y me destruiría a mí mismo en el proceso porque no podría perdonarme el hacerte sufrir.

Vi el dolor cruzar sus ojos grises.

―¿Lo entiendes? ―Concluyó.

Y con el dolor atravesando mi pecho, le respondí:

―Lo entiendo.

Porque si, si lo entendía. Entendía su pensamiento. Pese a la mala decisión que había tomado, comprendía y aceptaría las consecuencias.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa