Dos días. Pasaron dos días y no he sido capaz de robarle a Derek. He tenido oportunidades, he analizado sus objetos personales, sus accesorios de vestir. Inclusive los míos. Me regaló muchas cosas. No notará si falta alguna. Y además, no sería robo si el objeto es mío. Y no habré traicionado a Derek.
Simplemente, cambiaría una de las bolsas de diseñador y pagaría las cuotas acumuladas.
Escondí una billetera carmesí de diseñador en mi bolso del trabajo.
Esta opción me traía paz. No traicionaba a Derek y las posibilidades que me descubrieran eran mínimas.
Derek me esperó abajo para irnos juntos.
―Derek, es muy sospechoso que un chófer venga a buscarme todos los días a la sucursal y me hable como si fuese su jefa ―Solté mientras manejaba.
―Eres su jefa ―señaló.
Evité discutir eso, porque lo primordial era conseguir tiempo para visitar una casa de cambio o entregárselo directamente a los prestamistas. Y no podría ir a ninguno de esos lugares con el chófer de Derek.
―Mis compañeros aún no saben que eres mi esposo y me gustaría que se mantuviera así por un tiempo. Al menos hasta que pueda demostrar que soy competente y no que mi mayor herramienta es el dinero de mi esposo.
Su vista estaba en el camino, pero pude distinguir como sonrió genuinamente.
―Me llamaste “esposo” dos veces.
Me sonrojé.
―Lo dije accidentalmente ―Me defendí.
―Ojalá esos accidentes sigan ocurriendo.
―No me cambies de tema ―dije, avergonzada.
―Está bien ―dijo de buen humor. Solo necesité llamarlo “esposo” para que se mostrara complaciente―. Te estará esperando en la esquina del banco.
Su sonrisa triunfante se borró rápidamente.
―¡Derek, eso no es suficiente! Tengo veintinueve años. Soy una mujer independiente que ha tomado el transporte público la mitad de su vida. Hasta puedo ir y venir del trabajo caminando. Lo he hecho antes.
―¿Transporte público? ―Negó con la cabeza, arrugando la nariz con asco―. ¿Te refieres al metro o autobús?
―Sí. O caminar ―repetí.
Resopló.
―No te subirás al metro ni al autobús. Mucho menos te irás caminando. Eso es para gente pobre.
Crucé los brazos e incliné la cabeza, viéndolo fijamente. Él me vio de reojo.
―¿Qué? Eras pobre, pero ya no lo eres.
Fruncí el ceño, lista para atacar.
―El único medio de transporte que voy aceptar será un taxi. Es lo menos vulgar ―dijo antes que pudiese abrir la boca.
―No tengo suficiente dinero para pagar un taxi ―hablé.
Se estacionó a una calle del edificio, con el ceño exageradamente fruncido en mi dirección.
―¿No tienes suficiente dinero? ―habló, ofendido―. ¿Tú? ¿Yo? ¿Nosotros?
―Derek, sabes a lo que me refiero. Mis tarjetas estás vacías y no tengo efectivo. Ni siquiera he cumplido el mes de trabaja…
Cerró la ojos y puso una de sus manos enfrente de mi rostro, indicándome que me detuviera. Hice caso y no sé por qué.
Sacó su billetera del saco y revisó entre un montón de billetes de a cien. Abrí los ojos de par en par mientras sus dedos se movían dentro de la billetera.
No debería impresionarme la cantidad de dinero que lleva en su cartera, después de todo, es billonario y dueño de una de las cadenas bancarias más grandes del mundo.
―Me sorprende que tengas dinero en efectivo. Pensé que eras la clase de empresario que tiene todo su dinero en una cuenta.
―Bueno, mayormente, pero no hace mal tener un poco de efectivo encima ―Sacó un billete de cien dólares, observando con intriga―. ¿Cuánto cuesta un viaje en taxi? ¿Tendrán cambio para cien?
―¿De qué te sirve cargar efectivo a todos lados si traes puros billetes de cien?
Tomé el billete de sus manos y sin darle tiempo a burlarse, salí del coche. El día pasó lento en el trabajo. O tal vez era yo que estaba desesperada por salir de la oficina y vender la billetera.
A las cinco y media me marché, despidiéndome de mis compañeros. Corrí, no podía tardar tanto. Derek era consciente que me tomaría menos de media hora llegar a la mansión.
Fui a las tres casas de cambio más cercanas y me intentaron estafar comprándome la billetera a un precio absurdo, menos de un tercio de su precio original.
Por supuesto, no acepté.
Recorrí las calles, sin esperanzas. Los locales estaban decididos a robarme la billetera.
Ya eran casi las seis y media. No me quedaba otra opción más que irme a la mansión. Derek ya debe estar sospechando de mi tardanza y yo debía pensar en una mentira creíble.
Estuve parada en la acera un rato, levantando la mano constantemente y los taxis pasaban de mi. Unos quince minutos después, un taxi se detuvo. Intenté abrir la puerta, pero fui empujada contra la misma. Mis pechos golpearon el cristal.
―¡Oye! ―grité, furiosa.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...