¿Qué acababa de decir? ¿Por qué me confesé de esa manera?
Estaba tan absorta en su amabilidad, comprensión y mimos, que no fui consciente de lo segura que me sentía a su lado y la facilidad con la que salieron las palabras.
―¿Para qué necesitas cuatro mil dólares? ―Arqueó la ceja.
Él podría ser amable, atento y cariñoso, mas no podía permitirme olvidar que la razón por la que llegamos a este punto fue por un contrato fraudulento al que me ató. Si tiene la oportunidad de adueñarse de mi deuda, lo utilizará para amarrarme más a él.
Sin contar, su ferviente desprecio hacía los endeudados. No soportaría que la actitud que toma conmigo cambiara. No luego de haberme tratado tan bien.
Y esas palabras que me dijo en el club campestre, no las olvidaré, por más que estuvieran alimentadas por la rabia.
“Todos los endeudados son una basura y un estorbo para la economía”.
Me rompería el corazón escuchar que se refiriera a mí de esa forma. Me dolería en el alma luego de todo lo que hemos avanzado.
―Solo préstamelo, por favor, sin hacer preguntas ―Ya había soltado la bomba, no me quedaba otra opción que convencerlo o hacerlo olvidar el tema.
Fueron largos segundos de silencio, siendo observada.
―No ―respondió con seriedad―. Debes decirme su uso o no recibirás nada.
Fruncí el ceño.
―No te cuesta nada darme esa cantidad de dinero. No lo usaré para huir del país si eso es lo que temes.
Me sonrió con ternura.
―Necesitarías más de cuatro mil dólares para escapar de mí. Ahora dime, ¿qué es lo que te quieres comprar o a quien se lo quieres dar?
Negué con la cabeza.
No le podía decir para que era el dinero, así que solo me quedaba evitar el tema.
―Tengo hambre. ¿Qué hay de comer?
Le di la espalda, esperanzada que olvidara la conversación.
―¡Erika! ―Advirtió.
Seguí caminando al comedor.
―¡Erika! ―Entonó con fuerza.
Volteé, apretando la mandíbula.
―¡Solo quiero comprarme cosas por mi cuenta, no que tú lo decidas!
―Está bien, mañana después del trabajo iremos al centro comercial y compraremos lo que tú quieras con mi tarjeta ―Estiró la mano, ofreciéndome un acuerdo de paz.
Negué con la cabeza. Porque obviamente no era eso lo que quería. Necesitaba el dinero depositado en mi cuenta o en efectivo.
―Olvídalo. No quiero nada y no vamos a ir a ningún lado.
Me fui, dando grandes zancadas. Me encerré en la habitación, caminando en círculos. Las opciones se me acababan al igual que el tiempo. Derek no me prestaría dinero y tendría que vender la mitad de la colección de billeteras originales a precio de imitación. Eran mis billeteras, después de todo, nadie se daría cuenta.
Estaba a punto de meterme al vestidor cuando Carla, la ama de llaves, entró a toda prisa a la habitación, acercándose.
―Señora Fisher, que bien que la encuentro ―dijo en voz baja, como si estuviese preparada para contarme un chisme―. Necesito preguntarle si usted tomó una billetera roja, estaba entre sus pertenencias.
Tragué grueso.
¿Por qué estaba preguntándome eso?
―Sí, yo la tomé ―No debería dudar en admitirlo, después de todo, sería normal que yo agarrara uno de los accesorios que estaba a mí disposición.
―Que alivio, por un segundo pensé que se lo había robado algún empleado.
Las alarmas se prendieron en mi cabeza.
―¿Por qué pensó eso?
―Estaba contando sus accesorios, como lo hago semanalmente, y me fijé que faltaban dos billeteras; la azul que usted usa diariamente y la carmesí. Se me hizo raro, ya que las personas no suelen usar dos billeteras.
M****a. Esto anulaba mi plan de vender mis accesorios.
―Yo tampoco suelo usar doble billetera. Simplemente quería usar una nueva billetera y se me olvidó sacar la antigua, así que accidentalmente me llevé las dos ―Me sorprendía lo fácil que creaba una mentira―. A propósito, ¿por qué cuentan mis accesorios?
―Oh, ordenes del señor Fisher ―La señora a pesar de pertenecer a la tercera edad, hablaba como si estuviese chismeando con una prima cercana. Era agradable esa sensación―. En esta mansión siempre se ha llevado un registro de los objetos perteneciente a la misma, pero lo hacíamos mensualmente. Y en estos últimos meses hemos notado que faltaban objetos personales, por lo cual, aumentamos la cantidad de registros que hacíamos al mes. Gracias a eso, pudimos dar con el vil ladrón.
Se refería al hombre que Derek despidió por hurto.
―Ya veo. Gracias por contarme ―dije, viendo a la nada―. Lamento informarle que tendrá que quitar de la lista de registro ambas billeteras y mi bolso. Los perdí.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...