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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 33

La temperatura descendió a bajo cero en esta gran habitación. Me mordí la lengua, rogando un milagro.

―¿Qué crees que haces? ―dijo con frialdad.

―¿A qué…? ¿A qué te refieres? ―tartamudee.

Estaba tan nerviosa que no se me ocurrió nada más que hacerme la desentendida. Entre todas las opciones, escogí la peor. Pude mentir, inventar una excusa, decir la verdad. Sin embargo, preferí hacerme la tonta a pesar de ser consciente que él vio como oculté el dinero en mi espalda.

Apretó la mandíbula. Noté como sus ojos grises se oscurecían.

―¿A qué me refiero? ―repitió con el desdén burbujeando en su garganta.

Dio grandes y lentas zancadas hasta plantarse de frente. Retrocedí con paso tambaleante. Me sujetó del brazo y gracias a eso pude darme cuenta de lo molesto que estaba. Su agarre era demasiado fuerte.

Usó su fuerza para exponer mi mano llena de billetes, casi me zafó el hombro del lugar.

―Me refiero a esto.

Exhalé el aire que estaba aguantando.

―Derek, te lo puedo explicar ―dije con rapidez.

Al ver sus ojos supe que no importaba que tanto dijera, había perdido su confianza. Pude ver el dolor y la decepción en aquellas perlas grisáceas, junto a un sentimiento que predominaba ante cualquier otro: rabia.

―No te doy los malditos cuatro mil dólares y decides robarme ―No era una pregunta.

―Derek, no quería robarte. Me estaba quedando sin opciones ―dije con la voz entrecortada.

Tomó el puñado de billetes, estrujándolos.

―Luego de lo que te conté. Lo importante que era para mí tu lealtad. Podías faltarme el respeto de cualquier otra manera y te perdonaría. Pero, ¿traicionarme?

―Lo siento, Derek. No quería traicionarte.

El corazón me dolía. Sabía que merecía su rabia, su odio. Él había dejado su límite muy claro y yo lo quebranté.

―¿Quieres el maldito dinero? ―habló con desdén. Me tiró los billetes a la cara―. Te lo vas a ganar.

Las lágrimas brotaban de mis ojos sin cesar.

De un momento a otro, se sentó. Me jaló con tal fuerza que mi estómago descansó sobre sus rodillas. Podía ver mis lágrimas caer directamente al suelo.

―¿Derek? ―Mi voz se quebraba.

Levantó mi falda y bajó mis bragas. Me estremecí, preparándome para lo que iba a pasar.

Su mano impactó en mi nalga derecha. Un chillido de sorpresa escapó de mis labios. El dolor me tomó desprevenida y él no se estaba conteniendo.

Un segundo golpe llegó a la misma nalga. La zona ardía.

Me golpeó una tercera, cuarta y quinta vez. Tuve que agarrarme de su pantalón para resistir el dolor, la quemazón. Apreté los dientes, ahogando los sollozos. A la sexta nalgada, traté de bajarme de su regazo, revolviéndome. Afincó su codo sobre mi espalda, impidiéndome la libertad.

―Te dije que tienes que ganártelo. ¿Quieres o no el dinero? ―habló con su mano sobre mi nalga maltratada, apretando la zona hasta el punto de ser doloroso.

―¡No! ―Jadeé, con la garganta lastimada de tanto aguantar los sollozos.

―Oh, ahora que sabes el precio a pagar no lo quieres. Debiste pensarlo antes de tomar lo que no es tuyo ―La ira tiñó su voz.

La siguiente nalgada fue más potente. Grité.

―Lo siento, Derek.

Me convertí en Fernando, me convertí en Katy, en el endeudado del club campestre, en el ladrón de aquella noche. Me había ganado a pulso ser el nuevo objetivo de humillación de Derek. Hice lo único que él me rogó que no hiciera y ahora me lo haría pagar.

―¡Señor Derek! ―Carla aporreó la puerta―. ¡Señor Derek!

―¿Qué carajos quieres, Carla? ―gritó con tal fuerza que Carla debió escucharlo al otro lado de la puerta.

―¡Recuerde que es la señora Erika, señor! ¡Es Erika! ―gritó, desesperada―. Usted habló sobre esto, dijo que se esforzaría en controlar sus ataques de poder.

―Eso era antes que me traicionara ―gruñó, golpeando mi otra nalga que hasta los momentos pensé que saldría impune.

Los golpes vinieron uno detrás de otro. Chillé y me esforcé por no defenderme. Necesitaba dejar que se desquitara. Yo sabía las consecuencias de mis acciones, los extremos a los que él podía llegar.

―¡Señor, voy a entrar! ―gritó Carla con convicción.

―No lo quiero.

―¿No lo quieres? Ya no, porque te descubrí ―Tomó el puñado de billetes de mala gana y lo metió en la bolsa. El dinero estaba maltratado, arrugado. Tiró el bolso al suelo―. Espero que estés feliz. Conseguiste lo que quisiste.

―Derek, yo no quería que las cosas resultarán de esta manera ―solloce.

―Es muy tarde para tus excusas. Te niego cuatro mil dólares en efectivo para comprarte frivolidades y decides robar. Me decepcionaste.

―No es lo que tú crees ―Me puse de pie de golpe, sintiendo mis piernas débiles y tambaleantes.

Sentí que me devolvía al suelo, pero la mano de Derek se cerró en mi brazo, manteniéndome en pie. Logré recuperar la compostura.

Su mano se apartó con rapidez, metiéndola en el bolsillo de su pantalón. Retrocedió, dándose cuenta de su error. Debió dejar que me desplomara. El Derek con maestría en intimidación y bullying hubiese dejado caer a cualquier otro. Y por más egoísta que sonara, me daba esperanza el hecho que no podía resistirse a tratarme con delicadeza pese a su gran esfuerzo por lastimarme.

Él jamás me había levantado la mano, ni siquiera me acosó en la universidad como hacía con el resto y mucho menos me trató con desdén.

Vio el alivio en mis ojos. Frunció el ceño. Él no quería sentir preocupación por mí, pero no podía evitarlo. Sé que debajo de esa capa de odio que desarrolló por mí, seguía amándome.

―Carla, prepara el coche. Saldremos ―habló, imponente.

―No, no señor. No se llevará a la señora en ese estado. No ha comida nada y está hecha un manojo de nervios. No puede ni mantenerse de pie como corresponde.

Me sorprendía la valentía de aquella mujer. Y me sorprendía más que luego de hablar de esa forma Derek no la lanzara contra la pared.

―Te dije que no te metieras.

―¿Me vas hablar así? ―dijo la señora mayor, con autoridad―. No te defendí de los maltratos de tus padres para que te comportaras así.

¿Maltratos?

―Carla, por favor, déjanos. Esto es entre ella y yo ―habló con educación.

―Ella es la señora Erika, no lo olvides. No quiero que te arrepientas de lo que vayas hacer. Puedes maltratar a cualquier persona y no sentir remordimiento, pero con ella no. Te lastimarás a ti mismo y a ella.

¿Qué le contó Derek sobre mí? ¿Qué tanto sabía?

―Sí, me arrepentiré, pero ella también. Ambos tendremos que vivir con eso.

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