En el auto, dejé de llorar. El corazón lo tenía destruido, pero el simple gesto de sostenerme para que no me cayera fue todo lo que necesité para sentir un soplo de aire fresco.
Derek conducía en silencio. Su gesto era severo y cargado de odio.
―¿Podemos hablar? ―pregunté con gallardía.
―Sí, hablemos ―dijo con falsa felicidad―. He sido muy indulgente contigo. Es hora que te enteres de las clausulas importantes. Si me eres infiel, pagas medio millón de dólares. Si no estás en la casa antes de las nueve de la noche, pagas diez mil dólares. Si pasas la noche fuera de la casa sin mi autorización, son cien mil dólares. Si le revelas a alguien nuestro contrato, son cien mil dólares. Si fumas, son diez mil dólares.
Parpadeé, incrédula.
―Y yo supongo que no te tengo que recordar lo que pasará si pides el divorcio antes que se cumpla el plazo de trescientos sesenta y cinco días ―habló con sorna.
Sonreía con malicia, reía con mezquindad. Y a pesar de eso, en sus ojos se mostraba que no lo estaba disfrutando. Ese sadismo que lo caracterizaba cada vez que realizaba una crueldad, no estaba presente.
―¿Todo eso? ―dije para mí misma.
Me mareé solo con imaginarme la cantidad de ceros en el testado contrato.
―También tiene otras clausulas de las que no te enterarás porque no me de la gana. Así que compórtate con educación y precaución, porque si llegas a incumplir alguna, créeme que no dudaré en demandarte ―habló con frialdad―. No te confundas, Erika. Yo te amo, pero si tú no puedes amarme, no me queda de otra que tener poder sobre ti.
Acababa de admitir que me amaba.
Tomó mi mentón con firmeza, obligándome a mirarlo.
―Si te demando por miles de dólares, no podrás pagarlo. Ofreceré un trato que no podrás rechazar; cárcel o endeudarte bajo mis términos ―Podía ver su rostro maquinado un plan. Tragué saliva, hablaba enserio―. Tendré control sobre ti, no podrás traicionarme, no podrás huir, me obedecerás y me encargaré de convertirme en tu todo. Solo me tendrás a mí.
―No hablas en serio ―Quise convencerme a mí misma.
―Jamás había hablado tan enserio en mi vida. Inclusive mostré dudas al convertirte en mi esposa pensando que podías odiarme. Ya no me importa si me odias. Serás como el hombre del club, vivirás para complacerme, ¿verdad?―concluyó.
―No, tú no me harías eso ―Coloqué mi mano sobre la suya, que sostenía mi mentón. El labio inferior me temblaba.
―Diez años. Han pasado diez años y no he podido olvidarte. En verdad lo intenté. Te convertí en mi esposa en contra de tu voluntad. Y ahora que te tuve entre mis manos, no pienso soltarte fácilmente ―Su pulgar acariciaba mi mejilla.
Varios pitidos de coches se hicieron presente. Nos habíamos detenido en una luz roja que ahora era verde.
Volvió a la marcha, actuando como si no acabara de planear atarme a él por el resto de nuestras vidas.
―Al menos dime cuáles son las otras cláusulas.
¿Cómo sabré si rompí una cláusula si no las conozco?
―No. Entre menos sepas hará más fácil que incumplas el contrato y poder endeudarte.
Mi cerebro palpitaba, los ojos se me llenaron de lágrimas. Era imposible convencer a Derek, él pensaba que estaba haciendo lo correcto. Lo único que podía hacer era ser cuidadosa, actuar como si caminará sobre hielo.
Nos detuvimos en la sede principal. Sin decir nada, pasó un trapo por mi rostro, limpiando mis fluidos descuidadamente.
―Vamos ―dijo con sequedad.
Salió del auto y lo seguí. Entramos al edificio, iba unos pasos detrás de él. A esta hora, la empresa estaba desierta. No había un alma en el primer piso. Tomamos el ascensor y subimos al último piso.
Por impulso, le agarré la mano, pero rápidamente la apartó.
Frente a una puerta, se encontraba una aglomeración. Los hombres y mujeres vestidos formalmente se gritaban entre ellos.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...