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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 40

―¿Cazar? ―pregunté entre adormilada y molesta.

Era sábado, por lo cual tenía el día libre.

No se me olvidaba lo sucedido anoche, la discusión, la visita de mis padres, sacar los trapitos al aire.

Él parecía pasar por alto mi respuesta final, pero sentía que lo había afectado. Y es porque tenía razón. Hablaba mucho de respetar sus límites, pero, ¿y los míos, dónde quedaban?

Casarse es una decisión muy importante, una que él me quitó. ¿Cómo podía hablar de respetar límites?

―Sí, desayuna rápido y vístete. Salimos en una hora ―dijo mientras se recogía las mangas de la camisa a cuadros, exponiendo sus antebrazos trabajados.

Llevaba unos pantalones rústicos de color marrón y unas botas pesadas del mismo color. Lucía como un leñador.

―¡Yo no voy a cazar! ―declaré con prisa.

La caza por entretenimiento me parece un acto vil y cínico. Una cosa es alimentarse, otra cazar por deporte.

Me miró como si me hubiese salido una segunda cabeza.

―¡Por supuesto que no! Hay más probabilidades que te dispares en el pie a que le atines a un ciervo ―respondió con severidad.

―¿Y por qué carajos quieres cazar? Es depravado ―Me levanté de la cama, lista para pelear.

No me faltaban ni razones ni ganas para querer crear una discusión.

―Porque a mis clientes mayoritarios les gusta. Hoy les tengo que hablar de un adelanto abrupto en nuestro proyecto de fin de año y necesito ponerlos de mi lado ―dijo mientras me miraba a los ojos.

Recordé la noche de la reunión donde golpeó a uno de sus empleados antes de despedirlos. Supongo que es culpa de aquel traidor que Derek esté apresurando las cosas.

―¿Y por qué tengo que ir yo?

Me acerqué a él.

―Porque ya todos saben que soy un hombre casado y ninguno estuvo invitado a mi boda ―Puso los ojos en blanco―. Están impacientes por conocer a mi esposa. Así que necesito que pongas buena cara y finjas estar de acuerdo con todo lo que hago. Debemos mostrar unidad.

―¿Y qué voy hacer allí? No me interesa cazar ni observarlos cometer fechorías contra los animales en su hábitat natural ―Me crucé de brazos.

―Te quedarás en la cabaña con las esposas de mis invitados ―habló con seriedad.

―¿Y por qué van ellas? Esto no suena a un lugar donde invitarías a tu esposa a pasar el día ―rodé los ojos, imaginándome a esos orangutanes compitiendo por quién la tiene más grande dependiendo de la cantidad de animales muertos que carguen sobre sus hombros.

―Porque no lo es. Jamás han traído a sus esposas a la cabaña, pero las agregué a las invitaciones ―Se arregló el cuello de la camisa. Sus ojos parecían desenfocados, pensando más allá de lo presente―. Supongo que me gané puntos negativos al invitarlas. A esos hombres les gusta estar lejos de sus esposas para disfrutar con otras mujeres. Se vuelven unos cavernícolas en esa cabaña.

Negó con la cabeza, no quería saber lo que se estaba imaginando.

―Entonces, ¿por qué las invitaste?

Nuevamente, me miró como si fuese una tarada completa.

―¿Quieres pasar todo un fin de semana en una cabaña en medio del bosque, expuesta a varios machos armados que no saben pensar más allá de su pene? Estás demente ―contestó con la mandíbula apretada y el ceño fruncido.

Las mejillas me ardieron al sentir como me protege y cuida frente a situaciones que yo como mujer traumada por los peligros que corremos diarios, no me había planteado. De pronto, mi mente fue a otra parte de la oración.

―¿Todo un fin de semana? El loco eres tú. Ni inventes ―grité.

―Báñate y vístete. Ya tu maleta está hecha ―ignoró mi negativa, saliendo de la habitación.

―Ese pequeño demonio… ―Me tragué las maldiciones.

Este hombre continuaba haciéndose el difícil.

Estábamos él y yo en el coche. Condujo todo el camino en silencio, la que no se callaba era yo. Estuve la hora y media de viaje hablando (discutiendo) las razones por las que la caza deportiva es una abominación. Me volví la persona más insoportable en el mundo porque: uno; nadie me quitaría de la cabeza que cazar por diversión era un atentado contra la naturaleza. Dos; para vengarme por traer a mis padres anoche.

―¡Erika, Dios mío! ¡Ya basta! Me hiciste doler la cabeza ―gritó al estacionar.

Nos detuvimos frente a una cabaña que parecía más bien una mansión en medio de la nada. Creo que lo único por lo que esta gente cree que es una cabaña es porque está hecha de madera. Ninguna familia de clase media rentaría una “cabaña” de este calibre a menos que subasten un riñón.

―No puedo creer que seas un cazador ―murmuré de brazos cruzados.

―No cazo por deporte. Es una actividad que aprendí gracias a estas personas. Y descubrí que las salidas de cacerías los vuelven eufóricos, inclusive a la hora de lanzar propuestas que podrían detestar ―concluyó con fastidio.

No se ve muy emocionado por hacer esto.

―¿Y eso es lo que piensas hacer hoy?

―Sí.

―¿Estuvo casado antes? ―Me esforcé por sonar neutral y creo que lo conseguí porque no me gané otro apretón de nalga.

―Sí, estuve en dos matrimonios antes. Este es el tercero ―hablaba con orgullo―. Y como dice el dicho; la tercera es la vencida. Esta si me dará bebés.

Resistí las arcadas que me provocaba este viejo verde. Era un depredador. Su sola presencia era molesta.

―¿Y sus ex esposas si eran de una edad acorde a la suya o también eran unas jovencitas que podrían ser sus nietas? ―hablé con toda la intención que lo considerara un ataque.

Derek volvió apretar mis nalgas. Esta vez estaba preparada para ello, así que me resistí a reaccionar.

Este hombre podía pellizcarme el costado, presionar mi cintura, mi hombro, ¿por qué tenía que arremeter contra mi trasero?

Duncan ladeó la cabeza.

―Dejaré pasar su ofensa porque el señor Fisher aún debe estar en proceso de educarte.

¿Educarme? ¿Este hombre creía que las mujeres éramos unos perros?

―Yo no la estoy educando ―intervino Derek con severidad―. No es mi mascota, es mi esposa.

El umpa lumpa negó con la cabeza, dispuesto a discutir. Creo que esto no formaba parte del plan de Derek de mantener a los invitados contentos.

Apreté mis labios al pensar en como Derek daba la cara por mí a pesar de estar molesto. No dejó que me insultara.

Tres vehículos se estacionaron uno junto al otro. Ferrari, Mercedes, Hyundai. Predecibles.

Un hombre barbón y maduro salió del Ferrari junto a su esposa que podría tener la misma edad del sujeto, pero tenía tantos arreglos estéticos en el rostro y el cuerpo que es difícil adivinar.

La pareja del Mercedes consistía en un hombre de una edad similar a la nuestra y una jovencita que rozaba la ilegalidad con una enorme panza de embarazo.

La tercera y última pareja era un hombre de unos cuarenta años y una mujer con aspecto regio que criticaba todo con la mirada.

Estos cinco minutos en esta cabaña me habían dejado dos cosas claras.

Número uno: estos hombres eran unos degenerados en toda la regla.

Número dos: Este fin de semana sería una pesadilla.

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