Un alarido desgarró mi garganta. ¿O fue un gemido?
No comprendía mi cuerpo, no entendía si me gustaba o no la sensación. Lo único que tenía seguro fue que alteró mi sistema.
Me sentía llena, sin espacio. La zona estaba acalambrada.
―Ya te hice el favor de meterlo, ahora muévete ―Enterró sus uñas en la piel de mi cadera.
A pesar de sonar desinteresado, su cuerpo me exigía que me moviera, sus ojos me suplicaban que lo aliviara.
Con dificultad, logré subir mis caderas, sintiendo los cambios en mi interior. Todo se movía.
Respiraba con dificultad. El sudor bajaba por mi frente. ¿Por qué algo que se veía tan sencillo y gustoso en las porno me hacía pasar tanto trabajo?
Volví a bajar las caderas, sintiendo como mis paredes vaginales cedían ante su pene. Un escalofrío recorrió mi espina.
Podía percibir que mis movimientos eran torpes y sin ritmo. La exasperación estaba escrita en su expresión. Creo que en lugar de complacerlo lo estaba torturando.
Intenté ir más rápido, pero la sensación era abrumadora. En un punto, su pene salió de mi interior por un mal movimiento. No me dio tiempo de decir nada, de forma ágil Derek volvió a introducirlo.
Su actuación de chico desinteresado se estaba desmoronando. Tomó mis caderas, enterrando sus dedos en mi carne y comenzó a moverme a su antojo. Era rápido y constante. Los gemidos escapaban de mi garganta.
Dejé caer mi cabeza en su hombro, derrotada. La vergüenza de mi falta de experiencia me carcomía. Pero tampoco podía concentrarme completamente en ello. Derek se estaba encargando de distraerme.
Mi vientre iba absorbiendo el placer que me estaba otorgando mi esposo, era como si la excitación se acumulara en esa área.
―Mírame ―ordenó con la voz ronca.
Hice caso omiso mientras él seguía moviéndome con una facilidad monstruosa.
Y pensar que hemos compartido la cama tantas noches y en ningún momento se ha aprovechado de mí, ni me ha obligado a tener sexo pese a que posee la fuerza suficiente para doblegarme con facilidad.
Mi libido estaba al límite, el único sentido que me funcionaba perfectamente era el tacto, para reconocer como y en que lugares me tocaba.
―¡Erika, mírame! ―Sonaba desesperado.
Con el poco valor que me quedaba, levanté la cabeza. Me encontré con sus ojos grises. Al instante, me atacó. Sus labios cayeron sobre los míos, fundiéndonos en un intenso beso. Se sentía tan bien que me asustaba.
Podía percibir su hambre, su deseo, su placer. Me lo transmitían sus labios. Intenté alejarme, echar la cabeza hacia atrás, pero él era perseverante, me buscaba. No podía permitir que un beso así me desarmara.
Era yo quien estaba seduciéndolo a él, no al revés.
Quería verlo, quería que continuará el beso, pero era demasiado. La sensación era embriagadora y temía caer en un pozo del que no podría salir. No podía quedarme prendada de él.
Gruñó al sentir la resistencia que estaba oponiendo ante su beso. Me sobresalté al notar que se levantó de la cama, conmigo aferrada a su cuerpo. Derek seguía dentro de mí, llenándome.
Caminó con prisa hasta que mi espalda chocó contra la pared. Me aprisionó con fuerza.
―¿Ahora como vas a escapar? ―jadeó.
Volvió a embestirme sin miramientos. Estaba empapada, podía sentirlo cada vez que entraba.
―Me lo estás poniendo difícil ―respondí con sinceridad.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...