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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 46

Era lunes por la mañana. Calculaba que debía ser como las ocho de la mañana. Sí el tránsito estaba de mi parte, lograría llegar a tiempo para descansar y después ir a la oficina.

El conductor no me dirigió la palabra en todo el trayecto, solo dejó un sándwich envuelto en plástico sobre mi regazo.

¿Qué debía decir después de haber tenido sexo con mi propio esposo?

Me limité a comer en silencio, siendo consciente de la nube lúgubre que rodeaba aquel ser. Lo último que quiero es sufrir un accidente automovilístico por su mal humor.

Notaba lo molesto que estaba. Más de lo común. Tocaba el claxon cada vez que otro conductor lo repasaba. Insultaba como camionero por cualquier falta del resto de los conductores o transeúntes. Y no hablemos de la manera en la que tomaba la palanca, si fuese una persona ya estaría muerto.

¿Qué hombre está molesto luego de una noche de pasión?

Enserio que se estaba esforzando por continuar bravo conmigo.

Ya en la casa, nos fuimos a la habitación. Él fue directo al vestier y yo me dispuse ayudar a Carla a desempacar. Doblábamos la ropa sobre la cama cuando Derek apareció con sus brazos repleto de prendas.

Me las entregó con brusquedad, difícilmente, pude agarrarlas. Algunas se cayeron al suelo.

―¿Qué demonios? ―hablé, confundida.

No entendía que pasaba.

―Ya no dormirás en esta habitación. Se te concederá una habitación de invitados para que te quedes ―dijo con firmeza.

Mi boca estaba abierta de la sorpresa.

―¿Por qué? Ni pienses que me voy a mudar solo porque si.

―porque estoy harto que cada vez que tienes la oportunidad uses tus trucos baratos para seducirme ―habló con desdén.

Podía ver la ira burbujear en sus ojos grises.

―¿Por qué actúas así? Deberías estar feliz que estemos avanzando, superando lo ocurrido.

―Oh, para ti es muy fácil porque no fuiste a quien le robaron ―Se rio con amargura.

Solté la ropa en la cama, dispuesta a discutir.

―Por una vez en tu vida quieres deja de aparentar ser la víctima ―grité, harta de la situación―. Acepté el error que cometí, me disculpé por ello, permití que te desquitaras conmigo y aún no te es suficiente. Crees que todos deben rendirte cuenta, pero ¿que hay de ti?

Agité mis manos de un lado a otro. Podía sentir mi corazón bombeando con rapidez.

―Me obligaste a casarme contigo, me privaste de mi libertad, me obligas a cumplir condiciones absurdas o a endeudarme en su lugar. Y nunca escuché ni una sola vez que te llegarás a disculpar conmigo ―Mis ojos se humedecieron en contra de mi voluntad―. Dime, ¿qué castigo debería aplicarte? ¿Cómo debería torturarte? Ni siquiera eres consciente de lo que haces o como afectas a los demás. Me liberaste de algunas cosas, lo admito. Pero también me arrebataste otras.

Respiré profundo y continué:

―No eres capaz de ponerte en los zapatos de los demás, ni a ponerte a pensar que me llevó a tomar esa decisión. Tú sabes que yo no me robaría ese dinero solo por avaricia, pero te estás cegando porque quieres una excusa para vengarte de mí en lugar de quererme.

Se mantuvo en silencio, pensativo. Nos desafiamos con la mirada.

No le iba a suplicar que me permitiera dormir en la misma habitación que él.

―Mejor olvídalo. No sirve de nada razonar contigo ―Comencé a tomar las prendas, percatándome que tampoco eran mías. Me las había dado él y en cambio se había desecho de toda la ropa que tenía en mi antiguo departamento.

Ni siquiera lo que usaba me pertenecía. Y no me quedaba más remedio que usar esta ropa porque él se había encargado de arrebatarme lo que ya tenía.

Tragué saliva y salí de la habitación. Ni siquiera recordaba que puerta le pertenecía a la habitación de invitados.

Capítulo 46: Endeudada. 1

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