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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 47

No podía concentrarme, la cabeza me daba vueltas. Mi vida había cambiado drásticamente en un corto periodo.

Vivía con el enemigo, definitivamente.

¡Mil dólares! ¿A quién se le ocurría poner una cláusula por consumir alcohol y que esta constara mil dólares? Solo a un Fisher se le cruzaría por la mente.

Al menos era un alivia que la suma sea “baja” si la comparamos con las demás. No es una suma que me tome años pagarla. Aunque eso no evita que esté caminando sobre suelo minado.

Derek está esperando el momento exacto en que caiga en una de las clausulas que en verdad me pondrá a sus pies. Si llego a incumplir las clausulas de cien mil dólares o el de medio millón, estaré acabada.

No importará el contrato de matrimonio, me convertirá en esclava por el resto de mi vida.

―Erika, ¿vas a usar la impresora? ―preguntó una de mis compañeras.

―Oh, lo siento ―dije al darme cuenta que me había quedado pensativa frente a la impresora―. Adelante.

No podía vacilar ni cometer más errores. Tendría que actuar como en una academia militar. O que tal… ¿Sí me rindo?

Digo, ¿en verdad estoy dispuesta a vivir de esta manera? Podré tener trabajo en estos momentos, una habitación para mí misma, pero ¿cuánto duraría? Derek solo necesitaba molestarse una vez para quitarme los “beneficios”.

Ya lo hizo con el transporte.

¿Y si escogía la cárcel?

Aún tengo más beneficios que en la cárcel, hasta que Derek cambie de opinión. En estos momentos me está tratando como su esposa forzada, pero ¿se comportará diferente cuando se convierta en mi prestamista? ¿Será peor?

Mis compañeros estaban recogiendo sus cosas.

¿Qué, ya es hora de irse? ¿Cuánto tiempo estuve en las nubes?

Miré la pantalla de mi computadora, cerrando el Excel que no terminé.

Sentía las piernas pesadas, indispuestas. No quería regresar a la mansión y enfrentarme a un Derek que buscaba humillarme.

Cruzaba las calles sin mirar a los lados, que ocurriera lo que tuviese que ocurrir.

Mi muñeca fue rodeada por una fuerte mano. Grité, sorprendida. De pronto, fui jalada con una fuerza abrumadora, casi me zafó el hombro de lugar.

No sé cómo lo hice, pero mi mano disponible se sostuvo de lo primero que agarró. Me estaban intentando meter dentro de una minivan. Con uno de mis pies y con la mano que no estaba siendo jalada, me afinque de la parte exterior del vehículo. Usando mi fuerza para zafarme.

Gritaba, pero nadie se detenía ayudarme. Lo máximo que conseguía es que se detuvieran a ver el espectáculo.

―¿Por qué tardas tanto? ―dijo el conductor encapuchado.

―La perra no se suelta ―respondió el encapuchado que me intentaba meter en la parte de atrás.

―Tírala más fuerte ―gritó devuelta.

―¡Maldita sea! ―gruñó.

Me tiró con más fuerza. Pude sentir algo salirse de lugar, lo escuché, estoy segura. Me estrellé contra el suelo de la minivan. El delincuente usó la oportunidad para terminar de arrastrar mis piernas al interior del vehículo.

Grité, patalee. A pesar de ser consciente que alguna parte de mi cuerpo se dislocó, no sentí dolor, solo mis oídos inundados por el sonido de los latidos de mi corazón. El miedo me aprisionaba el pecho, dejándome sin aire.

Le estaba dando manotazos al secuestrador, patadas, algunas ni le atinaba, solo quería alejarlo de mí. No lo quería cerca.

Le asesté una patada en la nariz. Vi la oportunidad y gatee hasta la compuerta. No me importaba que el vehículo seguía en movimiento. Prefería tirarme a la carretera y morir, que ser una víctima de sus fechorías.

Mi mano apenas pudo tocar la compuerta cuando fui tomada del tobillo, me estaba arrastrando al centro de la minivan.

Montó su rodilla en mi espalda. No podía moverme. Por más que usaba las piernas y las manos, parecía una tortuga. No estaba en mi campo de ataque.

Capítulo 47: Pagar a la fuerza. 1

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