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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 54

El proceso fue desagradable. Consideré humillante tener que desnudarme frente a las enfermeras y mujeres policías. Tuve que entregar mi ropa, inclusive la ropa interior. Fotografiaron cada herida de mi cuerpo, hasta el más mínimo hematoma. Pasaron una luz ultravioleta sobre mí piel, buscando ADN y huellas. Revisaron mis uñas y dientes. Además de pasar hisopos sobre mis heridas. Me realizaron exámenes de sangre y orina.

Las mujeres a mi alrededor me hablaban con cuidado, lento y utilizaban palabras gentiles. Lo aprecié demasiado.

Intentaron hacerme algunas preguntas sobre lo sucedido, pero les di vueltas hasta que olvidaron el tema.

Lo más difícil fue la revisión ginecológica. Fue tan incómodo, doloroso y vergonzoso. La doctora a cargo hablaba conmigo sobre temas absurdos. Sabía que lo hacía para distraerme, para que evitará pensar en lo que no debía. Y a pesar que no fui violentada de esa manera, no me quitó el miedo ni las náuseas.

Sentí que el tiempo pasaba lento y el proceso era eterno.

―¿Me puedo cambiar? ¿Poner ropa normal? ―pregunté al terminar con los exámenes.

No quería estar en esta bata de hospital. Me hacía pensar que en cualquier momento me agarrarían para hacer más pruebas como estas. Necesitaba dar por concluida esta visita al hospital.

Ni siquiera recordaba como llegué aquí, ni quien le contó a Derek. Lo último que recuerdo es caminar como un zombie por las calles.

―Por supuesto. Su esposo le trajo una muda de ropa. La dejaré sola para que se pueda cambiar tranquila. ¿No necesita ayuda?

―No, estoy bien. Gracias.

Una vez que estuve sola sentí el aire pasar por mis pulmones. Era como un respiro que pedía con urgencia.

Abrí la bolsa con mi mano buena. Derek había escogido un vestido largo sin manga, sólo sostenido por mis pechos. Seguro lo hizo pensando en lo difícil que sería ponerlo con mi brazo lastimado.

Era doloroso. Y mucho más ahora que era consciente que no solo trataron la fractura de mi dedo, sino que también tuve una cirugía en el antebrazo.

Nunca fui al hospital para que tratarán la fractura que ocasionó el señor Martín en el pasado. Tenía miedo no poder responder a las preguntas que me hicieran en el hospital y al hecho que ese hombre creyera que lo había delatado y me fuese aún peor.

Al ponerme el vestido por las piernas, noté que tenía un cierre en la espalda. Traté de subirlo por completo, pero doblarme tanto causaba que me recorriera un corrientazo desde El hombro hasta el brazo recién operado.

Con la mano buena, apreté el vestido a la altura de mis pequeños pechos y abrí la puerta con dificultad.

En el pasillo, encontré a la ginecóloga hablando con Derek. El rostro de mi esposo estaba relajado, hasta aliviado. Seguro le estaba diciendo que no encontró signos de penetración.

Yo no necesitaba escuchar el resultado, yo sabía perfectamente que no fui violada y agradecía plenamente por ello.

Ambos me vieron ir hacia ellos y se callaron.

Carraspee, encontrando las palabras para decir algo tan sencillo.

―No pude subirme el cierre ―declaré.

La doctora iba a ir a mi auxilio, pero Derek fue más rápido. Se colocó detrás de mí y subió el cierre.

―No vuelvas a cambiarte sola, llámame y yo lo haré ―habló con suavidad mientras permanecía detrás de mí.

Me acomodó la correa del cabestrillo que pasaba mi hombro derecho, recorría mi espalda hasta llegar al codo izquierdo, manteniendo mi antebrazo lastimado a la altura de mí esternón.

Su toque me provocó un cosquilleo.

Hace un rato estaba en su etapa de cabreo máximo y ahora lucía como una gentil paloma.

―¿Ya podemos irnos? ―Le pregunté a la doctora.

―Sí, solo necesito que llene unos papeles para darle de alta.

Estuve media hora releyendo las hojas del alta, asegurándome de no omitir ningún hueco legal. Ya me ha ido muy mal con los papeles que he firmado a lo largo de mi vida, inclusive los que no he firmado y han falsificado a mí nombre. En fin, ya tengo un trauma que me hace pensar que cualquier papel que me entreguen es una condena.

―Por favor, deja las cosas como están.

Golpeó el volante y respiró hondo.

―¿Te están amenazando? ¿Te están chantajeando? ¿Tienen algo en tu contra? Dime, Erika ―dijo con decisión―. ¿Quiénes son? ¿Es alguien de la oficina? ¿De tu anterior trabajo? ¿Acaso es Fernando y Katy?

―No, no, no ―respondí a todo―. No te metas en problemas. Podrían matarte, déjalo así.

Sin contar que en este momento deben estar buscándome. Pero si me mantengo oculta en la mansión, todo estará bien.

Detuvo el coche de golpe.

Se volteó para verme.

―¿Matarme? ¿Esos malditos te dijeron eso? ―gruñó―. Créeme, Erika. Nadie es capaz de matarme. Y los que lo intentan no terminan bien parado. No importa si saben dónde vivo ni quien soy. Jamás lo lograrán. Y si ellos te amenazaron diciendo eso, te mintieron

Negué con la cabeza.

―Ellos no me dijeron eso, pero si son capaces de matarte. Es muy peligroso.

La mirada de Derek era mortal. Tomó mi mentón con delicadeza, obligándome a verlo.

―¿Quiénes son esos malditos a los que le tienes tanto miedo? Mírate, pensé que tú me temías, pero con solo mencionarlo te vuelves un manojo de nervios. Estás temblando.

Tragué saliva, rehuyendo su mirada. Pensé que me soltaría, pero no lo hizo. Su pulgar viajó por mi mejilla, enjuagando una lágrima. Ni siquiera me había percatado de mi llanto.

―Está bien, si tienes tanto miedo no me digas nada, yo lo descubriré por mi cuenta ―habló con suavidad, soltándome y retomando el camino―. Los mataré por ti; por lastimarte, por hacerte temblar y tener miedo.

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