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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 55

Hacía frío, mucho frío. Sentía el brazo hormiguear. El suelo se movía. ¿Era el suelo?

Algo me estaba tocando.

Abrí los ojos con pesadez. Quería seguir durmiendo.

Lo primero que vi fue el torso desnudo de Derek. No me asusté, estaba demasiado adormecida para ello.

Movió mi brazo enyesado y lo puso sobre la pila de almohadas a mí lado. No sé en qué momento me moví de posición.

Se supone que debía estar con el brazo elevado mientras estaba acostada, para evitar coágulos, embolias y esa clase de cosas.

Él me arropó y volvió acostarse a mi lado.

No tardé en volver a dormirme, no sé si era por los analgésicos o el cansancio, pero estaba muy soñolienta.

¿Cuánto tiempo había pasado? Continuaba cansada. La cama se movía otra vez.

Sentí como movían mi brazo y lo colocaban en la pila de almohadas. No sé en qué momento me quitaba de la posición debida.

La sabana cayó sobre mí y la cama se hundió a mi lado. No hubo más movimientos.

La cama se movió. Mi brazo fue tomado nuevamente. Ya era la tercera vez.

Abrí los ojos para encontrarme a Derek acomodando mi antebrazo sobre las almohadas. Se veía cansado. ¿Al menos había dormido algo?

―Lo siento ―susurré lo más bajo posible.

Sus ojos grises se encontraron con los míos.

―No te preocupes, sé que no lo haces a propósito ―Acarició mi mejilla.

Levantó la sábana que me cubría y se metió debajo de ella. Se acurrucó a mi lado, sus labios descansaban contra mi hombro y su mano cayó sobre mí vientre.

El aire abandonó mis pulmones.

Una cosa es que durmiera junto a mí y otro que se acurrucara.

―Así es más fácil controlar tus movimientos si te mueves de lugar ―Su aliento era cálido contra mi piel.

A diferencia de sus palabras, su cuerpo me decía que su principal objetivo era abrazarme, tenerme cerca.

Cerré los ojos forzosamente, apartando esos pensamientos.

“Ojos malvados, el crujido de mi dedo, los gritos de aquel hombre. La habitación daba vueltas. Todo estaba borroso. El olor de alcohol me quemaba las fosas nasales. Tras un parpadeo, estaba en un lugar diferente de la habitación, con el señor Martín, forcejeando por quitarme la camisa. Sus ojos oscuros rebosante de maldad”.

―!Erika! ―gritaron con fuerza.

La habitación de tortura desapareció, Martin desapareció. El aire corría por mis pulmones a un ritmo frenético.

El dolor era insoportable. Mi brazo entero estaba sumido en lo que yo describiría como “puñaladas constante a lo largo del hueso”. Mi dedo fracturado estaba entumecido, logrando que el dolor se acumulara en el centro del antebrazo.

―¿Estás bien? ―preguntó Derek. Estaba sentado en la cama, acariciando mi cabello.

Exploré la habitación, confirmando que todo lo que vi fue una pesadilla formada por los recuerdos del día de ayer.

―Sí ―respondí con pesadez.

Apreté los labios para ocultar el sufrimiento. Pensé que la factura de mi dedo sería más doloroso que la incisión en mi antebrazo. Ya conocía el dolor de un hueso roto en proceso de unión y era algo que no quería repetir en mi vida.

Pero por alguna razón, sentía que mi brazo no estaba pasando por una simple cicatrización luego de un bisturí. Era algo más, más doloroso. Un dolor que ya había sentido en el pasado en este mismo brazo pero multiplicado por diez. No, perdón, por cien.

―Derek, ¿qué fue lo que me hicieron en el antebrazo? ―No percibía la sangre circular por mis venas.

Agrandé los ojos ante sus acertadas conclusiones.

Necesitaba alejar sus pensamientos antes que atinara a más cosas.

―Me duele mucho ―Eso no era mentira.

Apreté mi brazo con la mano buena, imitando como si estuviese tomando la tensión. Tenía la necesidad de sentir que mi brazo bombeaba sangre correctamente, cosa que al parecer no estaba pasando.

La maldad en sus ojos fue reemplazada por la preocupación.

―Déjame darte un analgésico. Es fuerte ―Buscó en la gaveta y sacó un frasco de pastillas.

Con el brazo palpitante aún me atreví a ser quisquillosa.

―¿No lo tendrás en jarabe?

Levantó la ceja.

―Los jarabes son para los niños. Además, me aseguré de decirle a la farmacéutica que me diera pequeñas cápsulas blandas en lugar de pastillas gigantes ―Me ofreció una.

Aún no me adaptaba a esto de tomar pastillas.

Respiré profundo, alojando la pastilla en el fondo de la garganta. Él no dejó que yo misma agarrara el vaso de agua. Fui bebiendo poco a poco, sin embargo, sentía como la pastilla chocaba contra la coronilla y no bajaba. Traté de devolverla con la lengua, pero en su lugar, Derek levantó el vaso, ahogándome. Empujé la cabeza hacía atrás, fue inútil. La pastilla se fue contra mi voluntad.

Se detuvo y tosí. El parecía feliz como una lombriz.

―Muy bien ―dijo con tono de padre orgulloso.

Tocaron la puerta y fue abrirla.

―Pequeño D, su padre y madre están abajo, esperándolo. Se niegan a irse. Además, trajeron a la señorita Miriam ―distinguí la voz de Carla.

¿Miriam? Esto debe ser una maldita broma. ¡Por favor, que no sea la misma Miriam!

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