Su cuerpo se puso rígido. Sus manos se cerraron en mis hombros con decisión.
―Erika, estoy tratando de ser paciente y que me digas el nombre de esos desgraciados por tu cuenta. Pero me lo estás haciendo cada vez más difícil ―exhaló con rabia―. Te juro que si me dices sus nombres, yo los mataré.
―Nietos ―Solté de pronto, sorprendiéndome a mí misma.
―¿Nietos? ¿Los nietos de quiénes fueron? ¿Es de alguna familia que conozca? ―dijo con rapidez.
―No, no. Tú le dijiste a tus padres que tu abuelo está al tanto de nuestro matrimonio y que estaba esperando nietos de nuestra… mí parte.
Miró a ambos lados, buscando escapatoria. Se pasó la mano por el pelo húmedo, echándolo hacía atrás.
―Sí, eso es cierto ―respondió sin más, mirando algún punto de la pared.
Giré un poco más mi cuerpo para verlo de frente. Un pinchazo estalló desde mi hombro hasta la punta de los dedos.
Solté un quejido, frunciendo el ceño.
―¡Estás demente! ―Me hizo volver a mi postura original, con su pecho contra mi espalda―. ¿Te lastimaste? ¿Te dolió mucho? ¡Deberíamos ir al médico!
Hizo el mohín de sentarse, pero lo detuve, presionando su rodilla con mi mano buena.
―Solo fue un dolor momentáneo ―respondí con la voz rasposa mientras la molestia desaparecía. Tenía que admitirlo, dolió y mucho, como si una serpiente infiltrara su veneno más allá de mi músculo, enterrando sus colmillos hasta mi hueso. Pero no podía dejar pasar esta conversación ni permitir que se desvíe en lo más mínimo.
El patriarca de la familia y los posibles nietos que le prometió, eran el tema más importante aquí.
Dejó de molestarme, pero un cosquilleo permanecía en las articulaciones. Soportable, por suerte.
―Ya pasó. No nos desviemos del tema. ¿Por qué le mentiste a tu abuelo? Voy a suponer que ese señor estaba al tanto del matrimonio, pero no creo que sepa sobre nuestro contrato ―dije, mirando al frente.
―¡No tendremos un bebé este año! ―grité, chapoteando el agua con los pies.
De pronto, apretó un botón y el agua empezó a vaciarse.
―Tranquila. Yo tampoco quiero tener un bebé este año, aún estamos en la etapa de luna de miel ―habló con tranquilidad. Cómo si fuera normal sus palabras―. Pero dentro de tres años estaría bien. No más, porque es muy riesgoso para ti.
Parpadee, incrédula. No comprendía nada.
―¿Cómo vamos a tener un bebé dentro de tres años si el contrato vence en menos de un año?―grité. Hice el ademán de levantarme, pero me tomó de la cintura, manteniéndome en el lugar.
La bañera se vació por completo.
―Creo que me confundí. El contrato no decía un año. Si mal no recuerdo… ―Se lo pensó unos segundos―. Había un cero detrás del uno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...