Stuart
Ya la he dejado sin apoyo, está como una rata atrapada en un laberinto, ahora a esperar a que haga sus movimientos desesperados para capturarla en el momento justo. Salgo del nido de porquería, luego de haber exterminado parte de la escoria que infecta al mundo, no siento ningún remordimiento por haber acabado con la vida de esos hombres que únicamente se dedican a explotar a las mujeres hasta llevarlas a la muerte, a cada una de ellas las deje con vida, son unas víctimas de la degradación y perversión a las que han sido sometidas toda su vida hasta el punto de que ahora la única manera de subsistir que conocen es esta.
Me pregunto dónde están las leyes y los gobernantes en estos casos, no entiendo cómo pueden permitir que las personas sean esclavizadas de esta manera, desde muy niñas son arrancadas de sus familias con el único propósito de arruinarles la vida y cambiar su futuro, llevándolas al vicio. Siento pena y lástima de todas, sus miradas de agradecimiento me escoltan hasta subir al auto y desaparecer de una vez por todas de sus vistas. Espero que encuentren un mejor camino ahora que no hay nadie que las obligue a prostituirse cada día.
—Está todo listo, prepara a los hombres para que la dejen entrar sin sospechas —le digo a Maxwell, apenas contesta la llamada.
—Copiado —confirma y cuelga.
Nada más sencillo que dejar que se confíe para luego sacarla del hospital sin que nadie se dé cuenta de lo que ha sucedido, algo complicado de hacer, por ser un lugar bastante concurrido, pero tenemos métodos muy eficaces para este tipo de situaciones. Una vez la tengamos en nuestras manos, todo será cuestión de esperar, quizás con ayuda pueda cambiar, aunque una conducta de ese tipo es muy difícil de reprogramar, y pensar que todo ha sido culpa de los padres que nunca apreciaron el valor de lo que significa tener una familia, son ellos los que merecen morir por jugar de esa manera con la vida de dos inocentes.
—Stuart, ¿Dónde estás? Ya no puedo seguir conteniendo a la señora Montero, si no llegas ya, ella saldrá de su casa sin importarle nada —chilla Andrea cuando contesta.
—Estoy cerca, estaba resolviendo otro asunto antes de ir —informó con tranquilidad—, dile a la señora Montero que estaré allí en diez minutos —pido.
—Te tengo en alta voz, ella está escuchando —aclara.
—Le suplico que llegue en diez minutos porque no voy a esperar más de eso, si no ha llegado para entonces, no se moleste en venir —gruñe la anciana.
—No se preocupe, estaré justo a tiempo —contesto confiado al ver el cercado de la propiedad, una hermosa parcela bien ubicada decorada con una gran mansión que hace gala del apellido de la familia que siempre la ha ocupado, sus jardines son los más envidiados de toda la ciudad además está valorada en más de quinientos millones de dólares.
—¿Con quiénes vienes Stuart? —cuestiona Andrea.
—Solo yo y mi auto —contesto justo al cruzar el portón, luego de que los hombres de seguridad se aseguraran de quien soy.
—¿Cómo se supone que un hombre solo va a proteger a una mujer de ser tomada como rehén en caso de un ataque en la vía? ¿Te has vuelto loco? —cuestiona en tono alterado.

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