El rostro de Valentina se convirtió en una máscara de cera.
Todo el color se drenó de su piel, dejándola con un tono pálido y enfermizo bajo las luces de la gala. Su boca, perfectamente delineada en rojo, se entreabrió, pero no salió ningún sonido. Se quedó sin aliento, como si las palabras de Abril le hubieran robado el aire de los pulmones. Sus ojos, antes brillantes de malicia, ahora estaban desorbitados por un terror puro y primordial.
Simón, que había escuchado cada sílaba, sintió que una mano helada le estrujaba el corazón. El pánico, frío y afilado, le recorrió la espalda. Las piezas del rompecabezas de los últimos meses encajaron en su mente con una claridad brutal. La confianza de Abril, su éxito, su calma... no eran producto de un nuevo pasatiempo. Eran las armas de una guerra que ella había estado librando en silencio.
Finalmente comprendió. Abril no solo sospechaba. Ella sabía. Sabía algo terrible. Algo que podía destruirlos.
El silencio que Abril dejó a su paso fue más ruidoso que cualquier acusación. Se dio la vuelta sin una mirada más a la mujer que había aterrorizado. Su movimiento fue fluido, lleno de una gracia que era a la vez elegante y letal.
Asintió cortésmente a los demás invitados del grupo, que la miraban con una mezcla de asombro y confusión. Les ofreció una pequeña sonrisa, como si nada fuera de lo común hubiera sucedido.
Y luego, se retiró de la gala.
No corrió. No huyó. Simplemente se fue, caminando con una elegancia impecable a través del gran vestíbulo, su vestido azul noche ondeando suavemente tras ella, una estela de calma en medio de la conmoción que había causado.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa