Elías Ortiz miró el pañuelo extendido con un escepticismo evidente. Sus ojos, acostumbrados a detectar segundas intenciones en cada gesto, buscaron el truco, la trampa.
Pero solo vio a una mujer joven, con una expresión serena y una mirada sincera.
Su migraña pulsaba con fuerza detrás de sus ojos. Estaba a punto de rechazarla, pero la irritación y el dolor lo vencieron. Con un gruñido casi inaudible, tomó el pañuelo de seda.
La tela era suave y fresca al tacto.
Se lo llevó al rostro, más por inercia que por convicción.
En el instante en que el pañuelo se acercó a su nariz, ocurrió algo extraordinario.
El aroma puro y limpio de la lavanda, la verbena y la menta blanca cortó la abrumadora y empalagosa mezcla de perfumes de la galería como un cuchillo afilado. No era una fragancia que intentara competir. Era una fragancia que purificaba.
La tensión en la frente del magnate se aflojó visiblemente. Su expresión de dolor se suavizó, reemplazada por una de sorpresa y alivio.
Inhaló profundamente. Una, dos, tres veces.
El alivio fue casi instantáneo. La punzada en sus sienes disminuyó, la náusea que sentía en el estómago se disipó. Era como abrir una ventana en una habitación cerrada y viciada y dejar que entrara el aire fresco de la montaña.
Bajó el pañuelo y miró a Abril con un interés completamente nuevo. La dureza de sus ojos se había desvanecido.
—Increíble.
Su voz, normalmente un trueno, fue un murmullo de asombro.


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