Ignorando por completo a una Valentina petrificada por la humillación, el señor Ortiz se centró en Abril.
La conversación que siguió fue inesperada y profunda. Él no le preguntó sobre su esposo ni sobre su vida social. Le preguntó sobre las hierbas, sobre las técnicas de destilación, sobre la filosofía detrás de los aromas.
—No se trata de oler bien —explicó Abril, su pasión por el tema aflorando por primera vez en años—. Se trata de sentirse bien. Cada planta tiene una memoria, una energía. El arte consiste en saber escucharla y combinarla.
Elías Ortiz la escuchaba con una atención que intimidaría a la mayoría de los directores ejecutivos. Estaba fascinado, no solo por su conocimiento, sino por la tranquila confianza con la que hablaba. Veía en ella una autenticidad que era una rareza en su mundo de apariencias.
—Usted tiene un don, señorita...
Hizo una pausa, dándose cuenta de que no sabía su nombre.
—Lozano.
La respuesta de Abril fue instantánea, firme.
—Abril Lozano.
Usó su apellido de soltera. Fue un acto sutil, casi imperceptible para cualquiera, pero para ella fue como reclamar una parte de su alma. En ese momento, no era la esposa de Simón Ferrer. Era Abril Lozano, la perfumista.
Justo en ese instante, Simón, que había visto con creciente alarma cómo su esposa cautivaba al hombre que él no había podido ni saludar, decidió intervenir.
Se acercó, forzando una sonrisa de camaradería.
—Señor Ortiz, un placer verlo. Soy Simón Ferrer.
Extendió la mano, esperando insertarse en la conversación y tomar el control.
—Mi asistente la llamará mañana.
Con una leve inclinación de cabeza hacia Abril, el magnate se despidió.
Se dio la vuelta y se marchó, atravesando la multitud que se abría a su paso. Ignoró por completo a Valentina y trató a Simón como si fuera el aire.
Abril se quedó de pie, sosteniendo la tarjeta en su mano.
Simón la miró, su rostro una mezcla de incredulidad, celos y una furia que no lograba comprender.
Ella simplemente bajó la vista hacia el pedazo de cartulina.

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