La oficina de Simón se había convertido en una jaula de lujo.
Afuera, el sol de la tarde bañaba los rascacielos de Reforma, pero adentro, un aire frío y tenso se había instalado. Su confrontación con Valentina lo había dejado con un sabor amargo en la boca. Su excusa había sonado hueca, su ambición, por primera vez, le pareció vulgar. Pero la irritación que sentía hacia ella era un arroyo superficial comparado con el océano helado de su distancia con Abril.
El silencio de Abril era un castigo. Su indiferencia, una tortura.
Se sentía culpable, sí, pero más que eso, se sentía impotente. Y Simón Ferrer no sabía cómo lidiar con la impotencia.
Caminaba de un lado a otro sobre la alfombra de lana, el eco de sus pasos era el único sonido en la vasta oficina. Necesitaba un gesto. Algo que rompiera el silencio. Algo que le recordara a ella, y a sí mismo, que él seguía siendo su esposo. Que todavía tenía un lugar en su vida, aunque fuera uno que tuviera que comprar.
El dinero. Siempre había sido su lenguaje. Su solución. Con dinero había construido su imperio. Con dinero había mantenido a Abril en una jaula de oro. Con dinero, ahora, intentaría torpemente tender un puente sobre el abismo que él mismo había cavado.
Se sentó en su escritorio y abrió el navegador de su computadora. Entró en la página web de la joyería más exclusiva de la avenida Masaryk. Sus dedos se movieron rápidamente sobre el teclado, buscando en la sección de "Alta Joyería".
Rechazó los rubíes, demasiado apasionados. Los zafiros, demasiado fríos. Sus ojos se detuvieron en una pieza. Un collar. Una cascada de diamantes de talla impecable, entrelazados con esmeraldas colombianas de un verde profundo y misterioso, como los ojos de una selva desconocida. Era una pieza de poder. Una declaración. Un reclamo.
No lo pensó más. Hizo la compra con un solo clic, organizando una entrega inmediata a su oficina.
Una hora después, un asistente le entregó una caja de terciopelo azul oscuro. La abrió. El collar descansaba sobre el satén, brillando bajo la luz de la oficina, frío y magnífico. Pesaba. Era el peso de la riqueza, del estatus.


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