El teléfono casi se quiebra bajo la presión de los dedos de Simón.
Estaba de pie en su oficina, con los papeles del divorcio esparcidos sobre su escritorio de caoba como los restos de un naufragio. La cláusula de los quince millones de pesos brillaba con una luz fosforescente y burlona.
Marcó el número de su abogado, Ricardo Abascal, un hombre cuya calma era tan legendaria como sus honorarios.
—¡Ricardo! —ladró Simón tan pronto como su abogado contestó—. ¿Has visto esto? ¿Has visto la demanda de Abril?
Hubo una pausa al otro lado de la línea. —Buenos días a ti también, Simón. Sí, mi oficina recibió una copia esta mañana. La estoy revisando ahora mismo.
—¡Es un jodido atraco! —exclamó Simón, comenzando a caminar de un lado a otro—. ¡Quince millones! ¡Está loca! ¡Quiere dejarme en la calle!
—Técnicamente, no te está dejando en la calle. Está reclamando la mitad de los bienes conyugales que fueron, según ella, malversados.
—¡No fueron malversados! —replicó Simón, su voz subiendo de volumen—. ¡Eran regalos! ¡Apoyo! ¡Valentina y yo íbamos a construir un futuro juntos!
—Un futuro que estabas construyendo con el dinero de tu matrimonio actual —señaló Ricardo con una calma exasperante—. Simón, necesito que respires y me escuches.
Simón se detuvo, su respiración agitada. Se pasó una mano por el cabello.
—Estoy escuchando.
—Legalmente —dijo Ricardo, y Simón pudo oír el suave susurro de los papeles al ser hojeados—, ella tiene un caso muy fuerte. Muy, muy fuerte.
—¡No puede ser! ¡Es mi dinero!
—No lo es. Desde el día en que te casaste, es dinero conyugal. Cada peso que ganaste, cada bono que recibiste. A menos que tengas un acuerdo prenupcial que yo desconozca, todo es de los dos.



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