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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 138

Don Alejandro Ferrer no perdió la compostura. El acero que formaba su columna vertebral era un legado familiar, forjado a lo largo de generaciones de poder y control.

Observó a su hijo, una aparición salvaje en medio de su cena perfectamente orquestada, y luego se dirigió a sus invitados con una calma glacial.

—Señores, les ruego que me disculpen —dijo, su voz era un murmullo suave y autoritario—. Un asunto familiar inesperado. Mi chofer los llevará a casa. Hablamos mañana.

Los dos hombres, visiblemente incómodos, se levantaron de inmediato, asintiendo sin hacer preguntas. No se discute con un rey en su propio castillo. Pasaron junto a Simón como si fuera una estatua peligrosa y desaparecieron por el vestíbulo.

Una vez que el sonido de la puerta principal cerrándose resonó en el comedor, Don Alejandro se limpió los labios lentamente con su servilleta de lino. Dobló la tela con una precisión meticulosa y la colocó junto a su plato.

Solo entonces, levantó la vista para enfrentar a su hijo. No había una pizca de remordimiento en sus ojos. Ni sorpresa. Ni miedo. Solo una profunda y decepcionante irritación.

—¿Hacerte qué, Simón? —preguntó, su tono era el de un adulto cansado explicándole algo obvio a un niño—. ¿Salvar el legado de esta familia? ¿Proteger el apellido Ferrer de tu estúpida e imprudente obsesión con esa mujer?

Simón dio un paso hacia la mesa, incrédulo ante la frialdad de su padre.

—¡Ella era inocente! ¡Valentina nos traicionó a todos! ¡Y tú lo sabías!

—Por supuesto que lo sabía —replicó Don Alejandro sin inmutarse—. Y actué en consecuencia. Hice lo que tenía que hacer.

—¡Sacrificaste a un hombre leal! ¡Sacrificaste a una mujer inocente! —la voz de Simón se elevó, rompiendo la quietud del comedor—. ¡Me usaste! ¡Me mentiste!

Don Alejandro suspiró, un gesto de puro aburrimiento.

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