El amanecer encontró a Simón en el estudio de la mansión Ferrer. No había dormido.
El alba, una luz gris y despiadada, se filtraba por los ventanales, iluminando la escena de su descenso. Sobre la mesa de caoba y el suelo de mármol, varias botellas de whisky vacías yacían como soldados caídos.
Había vuelto a casa, a la jaula de oro, y se había refugiado en su antiguo enemigo. Pero el alcohol no le había traído el olvido, solo un dolor de cabeza punzante y una claridad aún más amarga.
Su teléfono, que había arrojado sobre un sofá, no dejaba de vibrar. Las llamadas insistentes de su asistente. Mensajes urgentes de su padre. Los ignoró a todos. Eran voces del mundo de la mentira, y él ya no pertenecía a él.
El teléfono vibró de nuevo. Vio el nombre de Valentina en la pantalla. Su dedo se movió para rechazar la llamada, pero se detuvo. Una curiosidad fría y morbosa lo invadió. ¿Qué podría decir ella? ¿Qué mentira, qué manipulación intentaría ahora?
Después de dudar un instante, contestó.
—¿Simón? —la voz de Valentina al otro lado era un sollozo ahogado, una actuación perfectamente calibrada de victimismo—. Simón, ¿dónde estás? No contestas mis llamadas. Estoy tan asustada…
Él no dijo nada. Se limitó a escuchar el sonido de su voz, una voz que antes le había parecido música y que ahora le resultaba discordante y falsa.
—Necesito verte —continuó ella, su voz temblando—. Estoy sola y… la prensa no deja de llamar… Simón, por favor, dime que estás bien. Dime que vamos a superar esto juntos.
Juntos. La palabra era un veneno.
Él se levantó y caminó hacia la ventana, mirando el jardín empapado por la lluvia de la noche anterior. El invernadero, el antiguo santuario de Abril, estaba allí, silencioso y oscuro.

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