Simón no fue a la oficina.
Por primera vez en su vida adulta, simplemente no fue. No llamó, no envió un correo, no inventó una excusa. Su ausencia, un agujero negro en el universo perfectamente ordenado de Ferrer Arquitectos, sin duda causaría un revuelo, pero no le importaba.
Pasó el día vagando por la mansión vacía.
La casa, antes un símbolo de su estatus, ahora se sentía como un mausoleo. Cada habitación silenciosa, cada objeto perfectamente colocado, le gritaba la presencia ausente de Abril.
El sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire. El silencio era tan profundo que podía oír el zumbido de la nevera desde la cocina, el tictac del gran reloj del vestíbulo.
En la biblioteca, sus dedos rozaron un estante inferior, uno que nunca miraba. Allí estaban los libros de ella: poesía, botánica, novelas con las esquinas gastadas. Los ignoró y siguió caminando, como si buscara algo sin saber qué era.
Su búsqueda lo llevó a un salón que rara vez usaban. En el fondo de un armario de caoba, encontró lo que no sabía que estaba buscando.
Un viejo álbum de fotos con una cubierta de terciopelo azul.
Lo sacó y lo llevó a la mesa de centro, el sol de la tarde cayendo sobre las páginas. Lo abrió.
Y la mujer que nunca conoció lo miró desde el pasado.
La primera foto era de ella en una playa de Oaxaca, años antes de conocerlo. Tenía el pelo revuelto por la brisa del mar, la piel dorada por el sol, y estaba riendo a carcajadas, una risa tan abierta y llena de alegría que Simón casi pudo escucharla.
Abril en la inauguración de uno de sus edificios. Estaba de pie, ligeramente detrás de él, una sombra elegante. La sonrisa era la misma. Los ojos, igual de ausentes.
Una foto de Navidad, con su familia. La misma sonrisa cortés. Los mismos ojos muertos.
La diferencia era tan devastadora, tan brutalmente obvia, que le robó el aliento. Él no solo se había casado con ella. La había vaciado. Había tomado a la mujer vibrante de las primeras fotos y la había convertido en el hermoso autómata de las últimas.
Cerró el álbum de golpe, el sonido resonando en la habitación silenciosa.
Se dio cuenta de que su peregrinaje de culpa apenas comenzaba. No bastaba con saber la verdad sobre la mentira. Ahora tenía que enfrentar la verdad sobre la mujer que había destruido. Tenía que buscar, en las ruinas del pasado, a la verdadera Abril.

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