El peregrinaje de Simón continuó. La visita a la academia de danza había abierto una herida, y ahora sentía una necesidad compulsiva de seguir el rastro de la mujer que había perdido.
Recordó fragmentos de conversaciones, frases sueltas que ella había dicho a lo largo de los años y que él apenas había registrado. Una de ellas era sobre un lugar, una librería-café donde le gustaba pasar las tardes.
Condujo hasta la colonia Condesa, guiado por una memoria brumosa. Le tomó casi una hora encontrar el lugar, escondido en una calle arbolada, lejos del bullicio principal. Era un local pequeño, con una fachada de color terracota y un letrero de madera tallada que decía "El Péndulo".
Entró. El interior olía a café recién hecho y a papel viejo, una mezcla reconfortante y erudita.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, y había pequeñas mesas de madera repartidas entre los pasillos.
Se sentía como un intruso en un mundo que no le pertenecía.
Se acercó al mostrador, donde un hombre mayor con gafas y un mandil de barista estaba limpiando la máquina de espresso.
—Buenas tardes —dijo Simón, su voz sonando fuera de lugar en la quietud del local.
El dueño levantó la vista, sus ojos amables y curiosos. —¿En qué le puedo servir?
—Busco a alguien —dijo Simón, sintiéndose ridículo—. O más bien, el recuerdo de alguien. Una mujer que solía venir aquí. Pelo oscuro, ojos… intensos. Probablemente se sentaba sola, a leer.
La descripción era vaga, patética. Podría ser cualquiera.
Pero el dueño sonrió, una sonrisa de reconocimiento instantáneo.


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