Valentina esperó. Un día. Dos días. El silencio de Simón era un abismo que se abría bajo sus pies. Su teléfono, antes un instrumento de control, ahora era un ladrillo inerte. Sus llamadas no entraban. Sus mensajes quedaban sin respuesta.
El pánico, una bestia fría y escurridiza, comenzó a devorar su compostura. La humillación de la gala, el rechazo de la industria, todo era soportable mientras tuviera a Simón. Él era su ancla, su red de seguridad, su premio final. Perderlo no era una opción.
Incapaz de soportar más la incertidumbre, condujo hasta la mansión Ferrer. La arrogancia, su mecanismo de defensa más antiguo, tomó el control. Se presentaría allí, lo confrontaría, usaría sus lágrimas, su encanto, cualquier arma a su disposición para romper el muro de silencio que él había erigido.
Estacionó su convertible frente a la imponente reja de hierro forjado. Se bajó del coche, sus tacones de aguja resonando en la calle silenciosa. La casa, que tantas veces había imaginado como suya, la miraba con una indiferencia monumental.
Llamó al intercomunicador. Esperó.
Finalmente, la voz del mayordomo, Alfredo, sonó a través del altavoz, desprovista de su habitual calidez.
—¿Sí?
—Alfredo, soy yo, Valentina. Abre, por favor —dijo, su tono era una mezcla de impaciencia y familiaridad forzada.
Hubo una pausa. Una pausa demasiado larga.
—Un momento, por favor, señora Salazar.
Valentina apretó los dientes. ¿Señora Salazar? Desde cuándo Alfredo no la llamaba por su nombre de pila. Sintió un mal presentimiento.
Pasaron varios minutos. El sol de la tarde le daba directamente en la cara. La humillación comenzó a bullir bajo su piel.
Finalmente, el pesado portón no se abrió. En su lugar, una pequeña puerta peatonal se abrió y Alfredo apareció. Era un hombre mayor, que había servido a la familia Ferrer durante treinta años. Su rostro, normalmente una máscara de deferencia profesional, era ahora tan inexpresivo como la piedra.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa