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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 146

El rechazo a Valentina fue un acto catártico, pero no trajo alivio. Fue como cortar un miembro gangrenado; necesario, pero la herida principal, la fuente de la infección, permanecía.

Simón seguía atrapado en el laberinto de la mansión, un fantasma en su propia casa. La culpa era una compañera constante, un susurro en cada habitación silenciosa. Su peregrinaje por los lugares de Abril solo había intensificado su tormento. Había visto los fragmentos de la vida que ella había perdido, pero ¿quién era ella realmente? ¿Qué pensaba, qué sentía durante esos cinco años de exilio emocional?

La necesidad de saber se convirtió en una obsesión.

En su estudio, rodeado por los planos de edificios que ahora le parecían monumentos a su propia arrogancia, recordó algo. Un cajón en el escritorio de caoba que ella usaba a veces. Un cajón que siempre estaba cerrado con llave.

Nunca le había prestado atención. Era parte de su espacio privado, y él nunca había tenido interés en invadirlo.

Ahora, la necesidad de hacerlo era abrumadora.

Fue hasta el escritorio. El cajón, pequeño y discreto, se resistió. No tenía la llave. Sintió una punzada de vacilación. Esto era una violación, un cruce de una línea que incluso en su peor momento, no había cruzado.

Pero ya había violado su vida, su cuerpo, su alma. ¿Qué era un cajón cerrado comparado con eso?

Tomó un pesado abrecartas de plata de su propio escritorio. Sin pensarlo más, lo forzó en la cerradura. La madera crujió en protesta. Con un último y violento tirón, la cerradura cedió.

El cajón se abrió.

El aire pareció cambiar en la habitación. Un leve aroma a lavanda y papel viejo, el fantasma de la fragancia de ella, flotó hacia él.

Dentro, no había secretos oscuros ni tesoros escondidos. Solo los restos de un naufragio.

Estaba el grimorio de su abuela, su cubierta de cuero gastada por generaciones de manos sabias. Simón lo tocó con una reverencia que no sentía merecer. Este era el origen de su poder, la fuente de la magia que él había despreciado.

Había bocetos. Hojas de papel de alta calidad llenas de dibujos a lápiz de frascos de perfume. Eran diseños elegantes, orgánicos, algunos inspirados en formas de la naturaleza, otros en la arquitectura prehispánica. Eran hermosos. Y en la esquina de cada uno, sus iniciales: A.L. Abril Lozano. No Abril Ferrer.

Y al fondo, debajo de todo, había un diario.

Capítulo 146 1

Capítulo 146 2

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