El fracaso de las gardenias fue una lección brutal.
Simón pasó dos días encerrado, procesando la humillación. Su primer instinto había sido un error de principiante. Había intentado usar el dinero como un grito, y ella lo había silenciado con un gesto de caridad.
Se dio cuenta de que el enfoque directo era inútil. La extravagancia era vulgar a los ojos de ella. Necesitaba ser más inteligente. Más sutil.
Si no podía comprar su atención directamente, quizás podría comprar su buena voluntad.
Se sentó de nuevo frente a su computadora, pero esta vez su investigación fue diferente. No buscaba joyerías ni floristerías. Buscaba sus vulnerabilidades. Sus pasiones.
Recordó fragmentos de conversaciones, menciones de pasada sobre las causas que le importaban. Después de horas de rebuscar en artículos de revistas y menciones en redes sociales, lo encontró.
El Refugio "Renacer".
Era un pequeño y discreto refugio para mujeres víctimas de violencia doméstica, escondido en una parte modesta de la ciudad. Los registros públicos mostraban que Abril había sido una donante constante durante años, mucho antes de tener su propia fortuna. Era una causa personal, silenciosa.
Perfecto.
No usaría su propio nombre. Eso sería demasiado obvio. Crearía un velo de anonimato, un gesto de pura filantropía que, esperaba, le llegaría a ella como un eco de bondad, no como una transacción.
Llamó a su gestor de patrimonio.
—Necesito hacer una donación. Anónima —dijo, su voz era la del CEO calculador que era—. A una organización llamada Refugio 'Renacer'. Quiero que sea sustancial. Lo suficiente para cubrir sus gastos operativos durante un año.
El gestor, acostumbrado a sus caprichos, no hizo preguntas. Unas horas después, la transacción estaba hecha. Una suma de siete cifras, canalizada a través de una fundación fantasma para garantizar el anonimato absoluto.
Simón se sintió astuto. Estratégico.
No era un ramo de flores que pudiera ser donado. Era un acto innegable de bien. ¿Cómo podría ella rechazar eso? No esperaba una llamada de agradecimiento. Eso sería demasiado burdo. Esperaba algo más sutil. Una señal. Quizás que desbloqueara su número. Un correo electrónico de su asistente. Algo.
Esperó. Un día. Dos. El silencio continuó.
La ansiedad comenzó a carcomer su astucia. ¿Y si no se había enterado? ¿Y si el anonimato había sido demasiado perfecto?
Al tercer día, su teléfono sonó. Era un número desconocido. Su corazón dio un vuelco.


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