El rechazo legal fue más humillante que el floral.
Simón se sintió como un aficionado jugando al ajedrez contra una gran maestra. Cada uno de sus movimientos, tan cuidadosamente planeados en su mente, era anticipado y contrarrestado con una facilidad exasperante.
Estaba jugando en el tablero de ella. Emociones. Caridad. Gestos. Ese era su mundo, y en él, él era un completo inepto.
La frustración se convirtió en una determinación sombría. Si no podía ganarle en su terreno, la arrastraría al suyo.
Negocios.
Ese era su campo de batalla. El mundo del apalancamiento, las adquisiciones hostiles y el poder corporativo. Un mundo donde los sentimientos no importaban y los números eran dios. Allí, él era el rey.
Se encerró en su oficina durante un día entero, su mente trabajando con la febril intensidad de un general planeando una ofensiva final. Necesitaba encontrar un punto de presión. Una palanca que pudiera usar para obligarla a enfrentarlo, a negociar, a depender de él de nuevo.
Y entonces, lo encontró.
Su cadena de suministro. El corazón de la autenticidad de "Aromas del Alma".
Recordó los informes del investigador privado en Oaxaca. Las reuniones de Abril con artesanos y agricultores. Uno de los nombres se había repetido varias veces: "Colectivo Copal y Flor". Una pequeña cooperativa familiar en las montañas de la Sierra Sur. No eran un simple proveedor. Eran los guardianes de las variedades más raras de copal, de la damiana más pura. Eran la fuente del alma de sus creaciones.
Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en el rostro de Simón.
El plan era audaz, brutal y, en su opinión, brillante.
Compraría la cooperativa.
No directamente. Usaría una de sus sociedades de inversión, un vehículo anónimo. Le haría al viejo patriarca de la familia una oferta que no podría rechazar. Una suma que aseguraría a sus hijos y a sus nietos de por vida.
Una vez que fuera el dueño mayoritario, el propietario silencioso de la fuente de su magia, haría su jugada.
Se la "regalaría".
Le transferiría las acciones, convirtiéndola en la dueña de su proveedor más crucial. Sería el gesto de generosidad definitivo. Pero sería un regalo con cadenas. La obligaría a reconocerlo, a tratar con él, a aceptar su poder. La pondría en una deuda que no podría ser donada a un asilo ni rechazada por una abogada.
Se sintió un genio. Por fin, había encontrado la jugada maestra.
Llamó a su abogado de fusiones y adquisiciones, un hombre tan despiadado como un tiburón.
—Tengo un trabajo para ti —dijo Simón, su voz resonando con su antigua confianza—. Hay una pequeña empresa en Oaxaca, un 'colectivo'. Quiero que la compres.
—¿Nombre? —preguntó el abogado.
—'Copal y Flor'. Quiero una participación mayoritaria. No me importa el precio. Hazlo rápido. Y hazlo en silencio.


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