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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 155

El rechazo de Elías Ortiz fue el portazo final en la Ciudad de México.

Simón se sintió como un exiliado en su propio reino. Cada puerta estaba cerrada, cada aliado potencial era leal a ella. La ciudad, su tablero de juego, se había vuelto en su contra.

En un acto de pura y ciega desesperación, hizo lo único que se le ocurrió. Huyó.

Condujo durante horas, dejando atrás el concreto y el acero, adentrándose en el corazón del país. El paisaje se transformó, el gris de la ciudad dando paso a los tonos ocres y verdes de la campiña. No era una escapada. Era una peregrinación.

Se dirigía a Oaxaca. Al origen.

Su lógica era retorcida, casi mística. Si no podía llegar a la mujer en la que Abril se había convertido, quizás podría conectar con la mujer que había sido. Si no podía apelar a su presente, apelaría a su pasado. A sus raíces. A su familia.

Llegó a la pequeña aldea en las montañas de la Sierra Sur al atardecer. Su Mercedes Benz, cubierto por el polvo del camino, parecía una nave espacial alienígena en las calles de tierra. Los niños que jugaban en la plaza se detuvieron para mirarlo pasar, un espectáculo de una riqueza fuera de lugar.

Encontró la casa de la abuela de Abril fácilmente. Era exactamente como la había descrito vagamente una vez: una pequeña casa de adobe con un techo de tejas rojas y un jardín delantero lleno de flores silvestres y hierbas medicinales.

Estacionó el coche y se bajó. El aire aquí era diferente. Olía a humo de leña, a tierra húmeda, al aroma dulce de las flores de buganvilla. Era el mundo del que ella provenía. Un mundo de una autenticidad tan profunda que se sentía casi agredido por ella.

Se acercó a la puerta de madera. Estaba cerrada. Tocó. El sonido de sus nudillos contra la madera sonó extrañamente fuerte en el silencio de la tarde.

Nadie respondió.

Volvió a tocar, esta vez con más fuerza. Nada. La casa estaba en silencio, sus ventanas como ojos cerrados.

Una sensación de pánico comenzó a crecer en su pecho. ¿Y si no estaba? ¿Y si había llegado demasiado tarde?

Comenzó a rodear la casa, mirando por las ventanas polvorientas. El interior estaba ordenado, pero vacío. No había señales de vida.

—¿Se le ofrece algo, joven?

La voz a su espalda lo hizo dar un respingo. Se giró y vio a un hombre anciano, de piel curtida por el sol y ojos pequeños y agudos como los de un pájaro. Estaba de pie junto a la cerca de su propia casa, observándolo con una desconfianza evidente.

—Yo… busco a la dueña de esta casa —dijo Simón, sintiéndose como un intruso—. A Doña Elena.

Capítulo 155 1

Capítulo 155 2

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