El viaje de regreso a la Ciudad de México fue un descenso al infierno.
Cada kilómetro que lo acercaba a su realidad era un kilómetro que lo alejaba de la última y frágil esperanza que había albergado.
Oaxaca no había sido una peregrinación; había sido un exilio.
La comunidad que él había esperado que fuera un puente hacia ella, se había revelado como un muro, protegiéndola de su toxicidad.
Llegó a la ciudad sintiéndose más vacío y derrotado que nunca. Todas las vías de acceso estaban cerradas. El dinero, la influencia, la manipulación emocional, la apelación al pasado… todo había fracasado. Se había quedado sin estrategias, sin ideas. Estaba en jaque mate.
Esa noche, no fue a la mansión. La soledad de esa casa se había vuelto insoportable. Se refugió en el único lugar que parecía apropiado para su estado de ánimo: un bar oscuro y caro en Polanco. Un lugar donde el whisky era añejo y las conversaciones, superficiales.
Estaba sentado en una cabina de cuero rojo, mirando el remolino de hielo en su vaso, cuando una voz demasiado alegre rompió su estupor.
—¡Simón! ¡Campeón! ¿Ahogando las penas o celebrando por adelantado?
Bruno Márquez se dejó caer en el asiento de enfrente sin ser invitado. Llevaba una camisa de seda desabrochada un botón más de lo necesario y olía a una colonia agresivamente cítrica. Su rostro estaba sonrojado por el alcohol y la euforia.
Simón levantó la vista, sin molestarse en ocultar su irritación. —¿Qué quieres, Bruno?
Bruno soltó una carcajada, ajeno a la atmósfera gélida. —¡Vamos, anímate! He oído los rumores. Problemas en el paraíso. La fiera necesita ser domada, ¿eh?
Hizo un gesto al mesero. —Dos más de lo que sea que esté bebiendo el arquitecto más famoso de México.
Simón no tenía energía para discutir. Se limitó a mirar su vaso, esperando que Bruno captara la indirecta y se fuera. No lo hizo.
—Escucha, he estado pensando —dijo Bruno, inclinándose sobre la mesa con un aire de conspiración—. Sobre ti y Abril. Y tengo la solución.
Simón levantó una ceja, escéptico.
—Estás usando el enfoque equivocado, amigo. Flores, donaciones… eso es de aficionado. Necesitas un embajador. Alguien que pueda hablar su idioma. Alguien con encanto, con tacto.
Simón lo miró fijamente. No podía estar hablando en serio.
—¿Y quién sería ese… embajador? —preguntó, su voz goteaba sarcasmo.



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