Bruno regresó al bar como un soldado herido volviendo del frente.
Su traje azul eléctrico parecía menos vibrante, sus mocasines de cocodrilo menos exóticos. La derrota le había robado el brillo.
Se dejó caer en la cabina de cuero rojo frente a Simón, su rostro era una máscara de indignación y humillación.
—¡Pídeme otro! —gruñó, haciendo un gesto brusco al mesero—. ¡Doble!
Simón lo observó en silencio. No necesitaba preguntar. La respuesta estaba escrita en cada línea del cuerpo tenso de su amigo.
—¿Y bien? —preguntó Simón, aunque ya sabía la respuesta. Una parte masoquista de él necesitaba escuchar los detalles de su propio fracaso por delegación.
Bruno se bebió la mitad de su nuevo whisky de un solo trago. El líquido ámbar pareció darle el coraje para hablar.
—¡Esa mujer es una fortaleza! —exclamó, su voz era un susurro airado que resonó en la penumbra del bar—. ¡Y su asistente es un dragón! ¡Un jodido dragón con gafas!
Se inclinó sobre la mesa, sus ojos muy abiertos por la incredulidad del recuerdo.
—¡Me humilló! ¡Delante de un cliente! Me dijo que yo era el número uno en una lista de personas con las que Abril no quiere hablar. ¡El número uno! ¿Puedes creerlo? ¡A mí!
Describió la escena con un dramatismo exagerado, la frialdad de la asistente, la puerta cerrándose en su cara. Esperaba que Simón compartiera su indignación, que se enfureciera ante el insulto a su embajador.
Pero Simón no se enfureció.
Escuchó el relato de Bruno, y en lugar de ira, una extraña y desoladora calma lo invadió. Era la calma de la aceptación. La calma de quien finalmente entiende que ha perdido el juego de manera definitiva.
La reacción de la asistente no le sorprendió. De hecho, le pareció... lógica. Perfectamente coherente con la nueva Abril, la estratega que había construido un imperio inexpugnable a su alrededor.


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