La respuesta de Abril no se hizo esperar.
La idea de la colaboración se había instalado en su mente, una semilla que germinó con una velocidad asombrosa. Era un desafío artístico demasiado tentador como para rechazarlo.
Dos días después, Julián Andrade cruzó de nuevo el umbral de "Aromas del Alma". Esta vez, no como un admirador, sino como un colaborador.
La primera sesión de trabajo tuvo lugar en el santuario de Abril: su taller.
El contraste entre sus métodos fue evidente desde el primer momento, y fue fascinante.
Julián llegó con un maletín de aluminio que se abrió para revelar un laboratorio portátil. Frascos de vidrio etiquetados con una precisión casi neurótica, una balanza digital de alta precisión, un cromatógrafo de gases de bolsillo. Su enfoque era científico. Descomponía los aromas en sus moléculas constituyentes, hablaba de aldehídos, ésteres y lactonas. Era un arquitecto de fragancias, construyendo con una precisión matemática.
Abril, en cambio, trabajaba por intuición. Su "laboratorio" era un caos organizado de morteros de piedra, alambiques de cobre y cuencos de cerámica llenos de hierbas secas. No medía en miligramos, sino en pizcas. No hablaba de moléculas, sino de "espíritus" y "memorias". Era una poeta de los aromas, mezclando emociones en lugar de compuestos químicos.
Se complementaban a la perfección.
—El iris necesita un contrapunto que le dé calidez —dijo Julián, sosteniendo una tira de papel bajo su nariz—. Su elegancia es fría. Necesita un abrazo.
—No necesita un abrazo —replicó Abril suavemente, moliendo unas vainas de vainilla de Papantla en su mortero de obsidiana—. Necesita un secreto. Algo oscuro y dulce que susurre debajo de su melancolía.
Le pasó el mortero. Él inhaló el aroma de la vainilla recién molida, no la nota dulce y empalagosa de las fragancias comerciales, sino su verdadero aroma: ahumado, coriáceo, casi animal.
Sus ojos se iluminaron. —Es perfecto.
Se inclinaron juntos sobre la mesa de trabajo para oler la primera prueba, una combinación del iris de él y la vainilla de ella. Sus cabezas estaban muy juntas, sus narices casi rozándose sobre la misma tira de papel secante.



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