La invitación de Julián fue tan natural como respirar.
—No podemos hablar de la verdad de las flores encerrados entre cuatro paredes —dijo él, dos días después de su primera sesión—. El alma de un perfume no nace en un laboratorio, nace en la tierra. Te invito a buscar inspiración.
Y así, se encontraron caminando por los senderos del Jardín Botánico de la UNAM, un laberinto de invernaderos y jardines al aire libre que albergaba los secretos botánicos de todo México.
Para Abril, fue como volver a un idioma que no sabía que había olvidado. Lejos de la presión de los negocios y el peso de su pasado, se sintió simplemente ella misma. Una artista. Una exploradora.
Su conversación era un torrente de ideas, risas y descubrimientos. Se detenían ante una planta de Cempasúchil silvestre, y Julián le explicaba la composición química de su aroma a anís, mientras Abril le contaba las leyendas zapotecas sobre la flor y su conexión con el mundo de los muertos.
Caminaron por el invernaxdero de las orquídeas, un universo húmedo y fragante de colores imposibles y formas extrañas. La luz se filtraba a través de las hojas de palma, creando una atmósfera de catedral.
—Son las divas del mundo vegetal —dijo Julián con una sonrisa, señalando una orquídea de vainilla—. Exigentes, hermosas y con un aroma que es pura seducción.
—Son supervivientes —replicó Abril suavemente, tocando un pétalo con la yema del dedo—. Se aferran a los árboles, toman lo que necesitan del aire y la lluvia. Florecen en las condiciones más difíciles.
Julián la miró, su expresión se suavizó. La vio a ella en esa descripción.
En un rincón apartado del invernaxdero, encontraron una vitrina especial. Dentro, en un lecho de musgo, había una sola flor. Era una orquídea fantasma, una rareza botánica con pétalos casi translúcidos, de un blanco espectral. No tenía hojas, y parecía flotar en el aire.
—Dendrophylax lindenii —susurró Julián, su voz llena de reverencia—. Casi imposible de cultivar. Se creía extinta. Florece cuando quiere, sin previo aviso. La mayoría de las veces, es solo un manojo de raíces aferradas a un árbol. Pero cuando decide florecer… es un milagro.
Abril la miraba, hipnotizada por su belleza frágil y poderosa.


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