La búsqueda de un ingrediente los llevó al sur, al caos vibrante y acuático de Xochimilco.
Julián había leído en un viejo tratado de botánica sobre una variedad específica de nardo, el "Nardo de Xochimilco", que supuestamente tenía un matiz más verde y acuático que sus primos más conocidos. Quería investigarlo para su colaboración.
Para Simón, que leyó el plan del día en el informe matutino del investigador, la idea de Abril en Xochimilco era una disonancia cognitiva. Era como imaginar a una reina en un mercado de pulgas.
Pero para Abril, fue un regreso a la vida.
Se encontraron en el embarcadero, lejos de las zonas turísticas. El aire olía a agua dulce, a flores y al humo de los puestos de comida. El mundo era una explosión de color: el rosa y azul brillante de las trajineras, el verde de las chinampas, el arcoíris de las flores apiladas en los mercados flotantes.
Alquilaron una pequeña trajinera sin música ni adornos excesivos. Solo ellos dos y el remero, un hombre mayor y silencioso que los guiaba por los canales más tranquilos.
La tensión de la ciudad se disolvió. Se sentaron uno frente al otro, el suave balanceo de la barca marcando el ritmo de su conversación. Hablaron de todo y de nada. De sus viajes, de sus fracasos, de la primera vez que un aroma los hizo llorar.
Era fácil. Peligrosamente fácil.
A mediodía, se detuvieron junto a un puesto de comida flotante. El olor a masa de maíz tostada y a queso Oaxaca derritiéndose era irresistible.
—No puedes venir a Xochimilco y no comer una quesadilla de comal —dijo Abril, riendo.
Compraron dos, envueltas en papel de estraza, y una botella de agua fresca de jamaica. Comieron en silencio, sentados en el borde de la trajinera, sus pies colgando sobre el agua oscura.
No era una comida en un restaurante de lujo. No había manteles de lino ni copas de cristal. Y fue, para Abril, la comida más deliciosa que había probado en años. Se sentía real. Se sentía libre.



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