La notificación llegó al teléfono de Simón como una serpiente deslizándose en la hierba.
Estaba en una tensa reunión con su equipo legal, discutiendo las ramificaciones de la demanda de divorcio de Abril. El aire en la sala de juntas era pesado, lleno de jerga legal y números de siete cifras.
Su teléfono vibró sobre la mesa de caoba. Era un mensaje de WhatsApp. Lo ignoró.
Vibró de nuevo. Y otra vez.
Finalmente, con un suspiro de irritación, lo tomó. Era Bruno Márquez.
El mensaje era simple: una captura de pantalla de la publicación de Instagram de Julián Andrade. Y debajo, un único emoji: una carita sonriente guiñando un ojo.
Simón abrió la imagen.
Y el mundo a su alrededor se desvaneció.
La sala de juntas, los abogados, los documentos legales, todo se disolvió en un zumbido sin sentido. Solo existía la foto.
Era ella.
Pero no era la mujer fría y distante que lo atormentaba. No era la sombra silenciosa de su casa. No era la empresaria formidable que lo había humillado.
Era la mujer del álbum de fotos.
La misma luz en sus ojos. La misma sonrisa serena, la misma aura de paz interior. Estaba radiante. Viva. Completa.
Era la mujer de la que se había enamorado al ver su pasado. La mujer que él mismo, con su crueldad y su negligencia, había extinguido metódicamente a lo largo de cinco años.


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