El interior de la boutique era un mundo aparte.
El aire olía a madera de cedro, a cera de abeja pulida y a un rastro sutil de las flores del patio interior. Era el aroma de la calma, del orden, de un universo construido con intención y buen gusto.
Simón se sintió como un intruso. Un bárbaro en las puertas de un templo.
Abril estaba de espaldas a él, detrás del mostrador de mármol veteado. Guardaba unos pequeños frascos de muestra en una caja de madera con una delicadeza que él nunca le había visto usar. Sus movimientos eran económicos, llenos de una gracia tranquila.
No se había sobresaltado por su entrada. Sintió su presencia, pero no se giró de inmediato. Terminó lo que estaba haciendo, cerró la caja con un suave clic y solo entonces se dio la vuelta para enfrentarlo.
Su rostro era una máscara de serenidad profesional. No había sorpresa. No había ira. No había nada. Era la misma expresión que le habría ofrecido a un proveedor o a un cliente tardío.
—Simón —dijo, y su voz, tranquila y mesurada, pareció absorber todo el caos que él había traído consigo—. La boutique está cerrada.
Las palabras no fueron una acusación, sino una simple constatación de hechos. Una barrera invisible, cortés pero inexpugnable.
Él tragó saliva. El discurso que había ensayado en el coche, una mezcla incoherente de disculpas y acusaciones, se evaporó. Frente a su calma, sus viejas tácticas eran inútiles. La agresión era ridícula. La manipulación, patética.
Solo le quedaba la verdad. La humillante y desnuda verdad de su nueva posición.
Dio un paso adelante, sus caros zapatos de cuero sonando extrañamente fuertes sobre el suelo de madera.
—Lo sé —dijo, su voz era baja y ronca, un sonido que apenas reconoció como suyo—. No vengo como tu esposo.
La miró directamente a los ojos, obligándose a mantener la mirada, a soportar el peso de su propia rendición.
—Vengo como cliente.


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