Esa noche, durante la cena, que ahora era un ritual silencioso y gélido, Abril decidió informarle a Simón de sus planes.
No le estaba pidiendo permiso. Simplemente le estaba comunicando un hecho.
—Me voy de viaje unos días —dijo, mientras cortaba un trozo de pescado.
Simón levantó la vista de su plato, su expresión era de fría indiferencia.
—Ah, ¿sí?
—A Oaxaca —continuó Abril, con la misma calma—. Voy a visitar a unos parientes lejanos. Necesito despejar la mente.
La mención de Oaxaca y la excusa de los "parientes" fueron la confirmación que la mente paranoica de Simón necesitaba.
Todo encajaba perfectamente en su retorcida teoría. Un viaje secreto, lejos de la ciudad. El escenario perfecto para un encuentro clandestino.
Una sonrisa condescendiente y llena de sarcasmo se dibujó en sus labios.
—Claro.
Dejó los cubiertos a un lado, apoyándose en el respaldo de la silla como un rey en su trono.
—"Parientes".
La palabra goteaba veneno.
—Diviértete.
La miró fijamente, sus ojos fríos como el hielo, tratando de intimidarla, de hacerla flaquear.
Cuando estuvo seguro de que ella estaba en su habitación, sacó su teléfono y buscó un número en sus contactos.
"Investigaciones Privadas 'El Ojo'".
Presionó el botón de llamar.
—Buenas noches —dijo, su voz era un susurro gélido—. Necesito que sigan a mi esposa. Va a Oaxaca. Quiero saber cada paso que da, con quién se reúne, dónde duerme. No quiero que se dé cuenta. Sean discretos. El precio no es un problema.
Al otro lado de la línea, una voz profesional y sin emociones le aseguró que se harían cargo de todo.
Simón colgó el teléfono, una sensación de triunfo amargo recorriéndolo.
Pronto tendría las pruebas. Pronto, la destruiría.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa