Oaxaca la recibió con un abrazo de colores y aromas.
Desde el momento en que puso un pie fuera del aeropuerto, Abril sintió que había vuelto a casa. El aire era diferente, cargado con el olor a tierra húmeda, a chiles tostados y a flores silvestres.
Su primera parada fue el Mercado Benito Juárez, un laberinto vibrante que era el corazón palpitante de la ciudad. El bullicio de los vendedores, el arcoíris de frutas y verduras exóticas, el aroma penetrante de las especias y el mole; todo era un festín para los sentidos que la revitalizó al instante.
En medio del caos organizado, un hombre anciano con el rostro surcado de arrugas y ojos sabios la esperaba junto a un puesto de hierbas medicinales.
—Abrilita —dijo Don Mateo, su voz era cálida como el sol de la tarde. La abrazó con un afecto genuino.
—Te tardaste mucho en volver.
Durante los siguientes días, Don Mateo fue su guía.
No la llevó a tiendas. La llevó con los guardianes de la tierra.
La presentó a una familia de artesanos en un pequeño pueblo en las montañas, quienes por generaciones habían "sangrado" los árboles de copal para extraer su resina sagrada, un ritual que hacían con un respeto casi religioso.
Abril no solo compró su producto; se sentó con ellos, compartió sus tortillas y escuchó las historias del abuelo sobre cómo la resina hablaba con el humo.
La llevó a conocer a un grupo de mujeres que cultivaban la damiana y el cempasúchil en jardines secretos, siguiendo los ciclos de la luna.
Le enseñaron a distinguir las mejores hojas, a cosechar las flores en el punto exacto de su florecimiento para capturar su máxima potencia aromática.
En su estudio en Las Lomas, Simón leía los mensajes con una frustración creciente. ¿Qué era todo esto? ¿Era un código? ¿Una fachada elaborada para ocultar su aventura?
El investigador adjuntó una foto. Era Abril, de rodillas en un campo de cempasúchil, riendo mientras una anciana le colocaba una flor en el cabello. Estaba radiante, llena de una vida que él nunca había visto en ella.
La imagen no mostraba a una adúltera.
Mostraba a una mujer encontrándose a sí misma. Y para Simón, esa imagen era infinitamente más confusa y amenazante.
El investigador envió su último mensaje del día.
"Sujeto acaba de entrar a su hotel. Sola. Fin del reporte".

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa